jueves, 8 de diciembre de 2005

Leche de Cabra

Por Carlos Szwarcer

Haim no dejó muy buenos recuerdos en su descendencia. Su porte marcial acompañado de un gesto severo cimentaron una imagen fuerte y autoritaria. Espesos bigotes le ocultaban cualquier esbozo de sonrisa que acaso alguna inaudita circunstancia le pudiera provocar. Había nacido en 1876 en el Imperio Otomano y es posible que su paso por el ejército y la policía definieran esa personalidad por la que sus familiares le tuvieron más temor que respeto. A los veinticinco años se casó con Regina, de apenas quince, con quien tuvo cinco hijos. Ella aportaría la cuota de dulzura necesaria y las bases para que en su hogar se conservara muy bien la tradición sefaradí, el legado de sus ancestros judeo-españoles.

Pero la joven tenía los días contados. Eran tiempos en los que morir era muy fácil. La parca la visitó en la flor de la vida, a los escasos treinta y cinco años, en 1920, pocos días después de dar a luz a Isaac. El desconsuelo echó una sombra de tristeza sobre sus hijos. La idea de abandonar Izmir (Esmirna), la ciudad en la que habían nacido, pasó al terreno de la necesidad imperiosa. Nada volvería a ser como antes, la invasión griega, apenas finalizada la Primera Guerra, los empujó a la pobreza. La dolorosa decisión de partir, siguiendo los pasos del hermano mayor, fue tomada. Lo hicieron por etapas.

Sara, íntima amiga de Regina, era una viuda que no había tenido hijos. Frecuentó la humilde casa del barrio hebreo durante muchísimos años y allí vio crecer a cuatro de los vástagos del matrimonio. Por soledad, compasión, o tal vez amor, a tres meses de desaparecer su entrañable compañera del alma, se casó con Haim. Prontamente pasó de viuda a madre, creyendo que hacerse cargo de la prole no le traería complicaciones, pero el más pequeño, algo enfermizo, requirió de toda la atención de esta menuda señora “de gran corazón”. Criar a Isaquito exigió un esfuerzo colosal. Todos los días saldría a buscarle leche de cabra porque el niño no digería bien la de vaca.

Su llegada a Buenos Aires en 1933 - con Haim y el benjamín - cerró un ciclo que la mujer inició con la esperanza de rehacer su vida. En trece años se trasladó a América el núcleo familiar desde la antigua e intrincada judería esmirlí a la pujante capital de la República Argentina. Se desconoce si quedó algún pariente directo de esta rama sefaradí en Turquía, aunque parece poco probable.

El vértigo de la ciudad porteña desubicó el estilo de vida provinciano de Sara que se sintió rara, tanto que difícilmente salía a la calle. Se aisló en la imperturbable seguridad de su pieza; a lo sumo la convencían, muy de vez en cuando, de ir a visitar a algún pariente. Solía tejer paños con dos pequeñas agujas, sentada sobre el almohadón beige de su silla de esterillas barnizadas, cerca del ventanal que daba a la calle. Se rodeaba de decenas de papeles de diario, en un obsesivo intento por evitar que las pisadas le ensuciaran el piso encerado. Su manía por la limpieza creció en la medida que no supo qué hacer con su vida. Fueron casándose los hijos y su vejez pasó de monótona a baldía. En el otoño de 1957 murió Haim, a los ochenta y un años. El velorio fue en esa pieza del inquilinato, el mismo en el que cuatro décadas antes, a principios del siglo XX, estuviera el primer templo sefaradí del barrio de Villa Crespo, en Gurruchaga al 400.

La segunda viudez de Sara aceleró su ocaso. Una vez por mes le llevaban algo de dinero sus hijastros. Vio transcurrir desde la ventana las horas, los días, los años. Los pibes que hubiera jurado que hacía un rato jugaban a la pelota en la vereda ya se habían casado. Fue perdiendo la vista, el oído y los pocos restos de energía. Enmarañada la conciencia, amotinados sus reflejos, fue alejándose de la realidad. El presente y el pasado se le mezclaron y fueron partes de una misma dimensión.

A comienzo de los años sesenta iba con mi madre a visitar a aquella anciana enclaustrada, enferma y muy arrugada, a esa pieza que ya, por entonces, lucía muy diferente. Mientras caminábamos hacia su cama el viejo piso de madera crujía reseco a punto de quebrarse. Sólo un equilibrio casi circense podía evitar que metiéramos nuestros pies entre los gajos abiertos que dejaban algunos listones rotos. Olfateé un espeso y desagradable tufo a humedad. Inspeccioné con aprehensión los muebles, generosamente antiguos y polvorientos. Algunos recodos quedaban parcialmente ocultos por pequeñas telarañas. Ese estado de abandono extrañamente contrastaba con los blanquísimos crochetes que cubrían los vidrios de la puerta de entrada y la mesa; se me antojó pensar que alguien los hubiera colocado recientemente.

En ese cuarto de techos altísimos la luz ingresaba mezquina por algunos resquicios de los postigos del cerrado ventanal que daba a la calle; los opacos espejos de una elevada vitrina devolvían fragmentos de agazapados y sombríos perfiles. Sara tenía la cabeza apoyada en el almohadón, ligeramente caída a un costado; su rostro aceitunado y cubierto de surcos dejaba escapar tan sólo un leve rastro de vida por los ojos apenas entreabiertos. Percibió nuestra presencia. Comenzó a hablarle a mi madre, que inclinada le acariciaba suavemente la mano. Nunca supe si se dirigía a ella, en la repetición acompasada de “¿Eres tú...Regina?, o a su amiga, mi bisabuela fallecida en Izmir. Recuerdo su débil balbucear deshilando, esforzadamente, imprecisas palabras anudadas a una alegre canción que escuché de niño, cadencia que ahora sonaba sumergida en un mar de tonos acongojados. Esa triste mañana quedó grabada en mis ojos y en mi corazón.

Volvería a visitarla. Asistiría al lamentable espectáculo de un espectro hedido y abandonado que terminaría sus penosos y sumisos días en un asilo de la localidad de Burzaco, en la Provincia de Buenos Aires. Hasta allí llegué una tarde acompañando a mi tío Isaac, el mismo que de bebé salvó su vida gracias al sacrificio de aquella madrastra en la lejana Turquía. Parecía sentirse en deuda con esa mujer postrada que ocupó por mucho tiempo el lugar de buena madre.

Sin embargo, Sara tuvo destino de olvido. Su tenue luz, apagándose irremediablemente, fue estrujando recuerdos a través de los laberintos de una profunda historia, y acaso en aquellas remembranzas pudo encontrar, entre tanta fragilidad y abnegación, algunos momentos de felicidad. Por fin volvió a rozarle las mejillas la brisa tibia de la exquisita primavera en el verdor del monte Pagus, cuando divisaba desde las alturas las casitas de techos rojos que le encantaban, y las azules aguas del Golfo de Izmir llegando mansas hasta la rambla, entretanto conversaba con su eterna amiga Regina, y las risas acudieron de un lejanísimo verano cuando juntas cantaban pícaros romances sefaradíes. “¿Regina eres tú Kirida... eres tú kirida amiga?”, repetía una y otra vez. Así fue menguando su cuerpo, enmudeciendo el murmullo, extinguiéndose, sigilosa e indescifrable, su sencilla y austera humanidad. Redimido a la hora perfecta alzó vuelo su espíritu y, atravesando fugaz otro enigmático océano, consumó el postrero retorno a su primera morada.

Carlos Szwarcer
Publicado en “Los Muestros” Nº 61. Diciembre de 2005. Bruselas. Bélgica.

lunes, 13 de junio de 2005

LOS BOIOS DE SIMBUL


Los Boios de Simbul
Dibujo de Horacio Spinetto para la publicación de
"Los Boios de Simbul" en "Los Muestros".
por Carlos Szwarcer


Simbul, mujer pequeña y esmirriada, ese invierno arrastraba minuciosamente sus setenta y tantos años por las gastadas y frías baldosas del inquilinato. Había nacido en Izmir, la antiquísima ciudad del Asia Menor. Los avatares de la vida la habían traído a Buenos Aires cuando era una hermosa joven de veinte.

El tiempo no pasa en vano solía pensar cada mañana. "¿Adió, adió cualo es ésto?" (1) se decía en tanto observaba la imagen borrosa que le devolvía el espejo redondo de la pared descascarada del patio. Apretaba su rodete canoso y aquel rostro arrugado como un pergamino milenario gesticulaba resignación en un rictus lúgubre, cotidiano.

El ruido metálico y estridente de los frenos del tranvía 89 le avisaba la llegada de Mushiko, su sobrino, que dejaba estacionada unos pocos minutos la mole repleta de gente frente a la casa de su tía. Ella le tenía preparado su desayuno express, criollo-sefaradí: el infaltable mate amargo acompañado de un par de mulupitas (2). La anciana le espetaba un cariñoso "meoio que te mande el Dió" (3) creyendo liberarse de su complicidad con la supina irresponsabilidad laboral de su pariente.

Luego de aquella súplica salvífica, Mushiko, con la última chupada de bombilla, media mulupita en la mano y la otra mitad mascándola todavía, le contestaba: "saludosa que estés... tía". Y un tanto agitado bajaba de a tres peldaños la escalera medio desvencijada cuando le llegaba el lejano "berajá i salú" (4) de la añosa mujer apoyada en la baranda.

Los tres a cuatro minutos de protestas y gritos de los perjudicados pasajeros se acallaban cuando el insensato "motorman" ponía en marcha otra vez el vehículo. En tanto terminaba de comer displicentemente los restos de la galletita, recibía de los pasajeros los últimos: "atorrante", "mascalzone" (5), "papanata" o "Aide... masalbasho... que te vó a dar un shamar" (6)

Las tres hijas de Simbul se casaron, su marido había tenido una muerte absurda y su sobrino sentó cabeza al formar pareja y trasladarse a Montevideo. Vivía sola y cada tanto, cuando la artritis se lo permitía, se entretenía haciendo alguna comida sefaradí que yo de pequeño alcancé a degustar. Sus "boios" (7) habían sido célebres y una tarde le aseguré: -¡boios como los tuyos, tía Simbul, no hay ni habrán! Su rostro se transformó. Esa mujer sí que supo del arte culinario. Como buena dyudía había aprendido puntillosamente las recetas ancestrales que por décadas agradaron a su familia.

Un día, detrás de una puerta escuché que esta lejana pariente, a la que yo llamaba tía, había logrado casar a una de sus hijas gracias a una "poción" que le hizo tomar al desprevenido novio y que, además, curaba ciertas enfermedades con cenizas de muertos mezclándolas en comidas o bebidas. Quedé perplejo y con cierta aprehensión por aquella escuálida figura que en sus últimos años vestía de negro absoluto. Juré no comer más, por las dudas, ninguna de sus exquisiteces.

Hacía mucho tiempo que no veía a mi entrañable tía Simbul, pero una tarde desde el local donde yo trabajaba, súbitamente escucho un tenue pregón que llegaba desde la calle; la voz añeja y apagada repetía con insistencia y cada vez más cerca: "¡... aquí traje los boícos para Carlicos... boicos para Carlicos... !"

Tragué saliva y salí a la vereda. Vi a la pobre vieja lánguida, medio extenuada. Había llegado caminando, o más bien arrastrando su ligera humanidad las cuatro largas e interminables cuadras que separaban su casa de mi trabajo. Dejé mis estúpidos escrúpulos de lado invadido por un halo de ternura. Sabía que hacía muchísimo que no cocinaba casi nada, que apenas si calentaba algunas simplezas para mantener su frágil cuerpo en pie y casi no salía a la calle. ¿Qué le ocurrió ese día? Me sonrió y miró a los ojos como nunca antes. Creí, convencido, que su presencia tenía un profundo significado, y no me equivocaba. Levantó el plato con tres boios de verdura tapados con una servilleta anudada y m e lo dio como quien entrega algo muy preciad o diciéndome a media voz

- ¡Carlicos... los boicos! Apenas pude responderle - ¡Gracias tía! Le di un beso en su mejilla magra y ahuecada y acaricié unos instantes su canoso rodete. Me sonrió y fue desandando el camino mientras repetía – ¡Berajá y salú! Compartí los boios con mi padre y me quedé frente al plato de loza vacío pensando tantas cosas. Pocos días después me enteré que la tía Simbul había pasado serenamente a mejor vida. Somos apenas un soplo entre costumbres, tradiciones, verdades, mentiras, razones y supersticiones. Siempre recordaré el último gesto que tuvo hacia mí la tía Simbul. Matrona sefaradí. "Muyer" (8) que comenzó sus días en la Izmir de fines del siglo XIX pero que en realidad tenía quince, veinte siglos o más. Es que en ella estaban sus ancestros de Sefarad (9). La tradición nos lleva tan lejos en el tiempo. Y Simbul pervive en la memoria.

Tarde, pero seguro uno comprende que sus "boios", "mulupitas" o "trabados"(10) eran sólo una excusa para reunir a la familia a través de las texturas, gustos y olores de aquellos manjares orientales fatigosamente elaborados, para complacer, para mimar, para festejar la vida. Aún hoy, cada vez que saboreo un boio de verdura evoco con especial cariño a mi dulce, querida y sorprendente tía Simbul.


Notas:

1) ¿Qué es ésto?. En este caso como expresión de desagrado.
2) Galletita redonda
3) Inteligencia, cerebro te envíe Dios.
4) Bendición para las comidas.
5) Insulto en italiano
6) Aide: vamos. Masalbasho: mal hombre, de baja estofa. Shamar: cachetazo , golpe.
7) Comida. Especie de empanada redonda de hojaldre, rellena indistintamente de verdura, queso, berenjena, etc.
8) Mujer.
9) España.
10)Un tipo de dulce, similar a una diminuta empanada, con relleno de nueces trituradas.


Carlos Szwarcer
Publicado en "Los Muestros" Nº 59. Junio de 2005. Bruselas. Bélgica.

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martes, 22 de marzo de 2005

Gurruchaga entre Izmir y Sefarad

Por Carlos Szwarcer

Una calle de Villa Crespo que enriqueció la diversidad propia del Buenos Aires cosmopolita


Durante el periodo 1890 a 1930 las dársenas del puerto de Buenos Aires fueron testigo de la llegada de animosos sefaradíes del antiguo Imperio Otomano. Los pioneros de este movimiento de masas fueron pequeños grupos llegados a fines del siglo XIX desde el norte de África y luego acudirían cantidades crecientes del Mediterráneo Oriental. Muchísimos de ellos ingresaron con pasaporte de Turquía, lo que dio lugar a que denominaran "turcos" a minorías étnicas de muy diferentes orígenes: sefaradíes, griegos, armenios, sirio-libaneses, etcétera, que además profesaban distintas religiones: islamismo, cristianismo o judaísmo. Si analizamos a los sefaradíes, de acuerdo a los censos, el mayor volumen de inmigrantes corresponde a los que partieron de dos regiones: Asia Menor, especialmente de Esmirna, de habla djudezmo (denominado indistintamente ladino, judeoespañol, castellano antiguo, espanyol, españolit, etc.) y de Siria: Damasco y Alepo, de habla árabe.

Villa Crespo y la diversidad cultural

Estos "turcos" prontamente se ubicaron en un rectángulo adyacente al puerto de Buenos Aires conformado por varias manzanas a lo largo de las calles Reconquista y 25 de Mayo y delimitado, aproximadamente, por las calles Corrientes y Paraguay, a pocas cuadras de Plaza de Mayo donde se levanta la Casa Rosada, sede del Gobierno Nacional, y en barriadas periféricas no muy lejos del Riachuelo (1) . Los sefaradíes de habla española tuvieron sus primeras instituciones en el sector céntrico y en 1905 fundaron su primer Templo en la calle 25 de Mayo; tres años después crearon La Comisión de Damas "El Socorro", de ayuda a los más necesitados.
La evolución del área céntrica provocaría el encarecimiento de las propiedades y alquileres, razón por la cual se hizo necesario buscar sitios más económicos. Interesa aquí destacar que una de las características de la comunidad judeo-española fue que, aún teniendo en común el idioma, se agruparon por barrios de acuerdo a las regiones de las que provenían.
En general, los emigrados de Turquía y los Balcanes se fueron concentrando en Villa Crespo, distante unos cinco o seis kilómetros del centro, dentro de la misma ciudad, donde ya había un conglomerado importante de judíos asquenazíes conviviendo con los primeros pobladores criollos, italianos y españoles. También se establecieron en los barrios de Constitución, Once, Flores, Floresta, Colegiales, Belgrano, etcétera.
Villa Crespo pertenecía en sus inicios al ámbito del arrabal; hacia 1880 existía como extensos pastizales anegadizos que incluían unas pocas y dispersas quintas. A mediados de esa década llegaría la Fábrica Nacional de Calzado que originalmente estuvo ubicada en el centro de la ciudad y vio conveniente la adquisición de unas 30 hectáreas en esta zona prácticamente despoblada, con terrenos baratos y un arroyo próximo, el Maldonado, útil para arrojar los deshechos industriales. Su gerente, Salvador Benedit, daría impulso al lugar con esta industria en franca expansión que respondía a la formidable demanda de calzado derivada del vertiginoso aumento de población. Este significativo "polo de atracción" para quienes buscaban empleo favoreció y caracterizó la conformación del nuevo barrio cuya denominación proviene del apellido del Intendente (alcalde) de la Ciudad de Buenos Aires, Antonio Crespo, quien en 1887 apadrinó la inauguración de la mencionada empresa participando en la colocación de la piedra fundamental.
Primero alojaron a los empleados en sus edificios, luego en una gran casa de inquilinato construida a tal fin, conocida como conventillo El Nacional (2) a metros de sus oficinas centrales, y en la medida que fue haciéndose necesario se impulsaron loteos para la compra a crédito de pequeños terrenos para la edificación de casas obreras. Sin embargo, en los años siguientes este proceso derivó en la aparición, en torno al núcleo fabril fundacional, de pequeños inquilinatos que albergaron a varias familias. De tal forma el barrio fue creciendo y afianzándose con una variada población que llegaba ansiosa buscando un mejor futuro.
Alberto Vacarezza se inspiraría en el conventillo El Nacional de Villa Crespo para su célebre sainete "El Conventillo de La Paloma" que, estrenado en 1929 y con un éxito inusitado –más de mil representaciones–, exhibió en escena los nuevos arquetipos que en él coexistían: el tano (italiano), el gallego (español), el ruso (judío asquenazí), el turco (judío sefardí y otras etnias procedentes del Imperio Otomano), etc.
Según el censo de 1936 de los 2.415.142 habitantes de la Capital Federal 120.000 eran de origen judío (5%) y de éstos unos treinta mil (25%) vivían en Villa Crespo. Esta inmigración provenía en un 87% de Europa Oriental y en menor medida de Europa Central (judíos asquenazíes de habla idish). El resto (13% aproximadamente), llamados sefaradíes, llegaron sobre todo de Siria y Líbano (habla: árabe) y Turquía (habla: "djudezmo"); otros grupos de menor proporción arribaron de Palestina, Egipto, Grecia, Bulgaria, Marruecos, España y Portugal, que hablaban tanto árabe y djudezmo como español moderno.
A la luz de estos guarismos es claro que, luego de la etapa fundacional, la barriada pasó a un segundo momento enmarcado por un sostenido crecimiento poblacional, coincidente con la llegada de las migraciones señaladas y que, una vez pasado este período, quedó consolidada una importante presencia judía. No obstante, estuvo muy lejos de conformarse un gueto por cuanto la diversidad fue construyendo un singular espacio de riqueza cultural poco frecuente en otros lados. Aún así, Villa Crespo ha sido mencionado como "barrio hebreo".
A la etapa inicial del arrabal, las casas humildes, el tango y los "compadritos" (3), se le sumó el aporte judío que hizo más heterogéneo el espacio social, cambios que lamentaron algunos sectores, pese a que estas transformaciones, por inevitables, finalmente no fueron resistidas. Una de las estrofas de un tango de Alfredo Tagle Lara se hizo eco del tránsito hacia lo diverso y la nostalgia por los tiempos idos poniendo en boca del "guapo Requena", un personaje que por sus fechorías estuvo largo tiempo en la cárcel y vuelve a su hogar:
 
 Ya no sos el Villa Crespo de otros tiempos
cuando el Títere, Olegario, Pata ‘e Palo y Almanzor
te bordaron de delitos un pañuelo
que hoy un pueblo de judíos te ha arrancado sin temor.


Leopoldo Marechal, escritor que, tal vez, escuchó el susurro de musas diferentes, describió en su obra La batalla de José Luna: "Entre las mil ciudades que abajo (en la tierra) perfuman el éter con el humo de sus chimeneas existe una: se llama Buenos Aires. ¿Es mejor o peor que otras? Ni mejor ni peor. Sin embargo, los hombres han construido allí un barrio inefable, que responde al nombre de Villa Crespo"(4).

La calle Gurruchaga de ayer

Esta calle del corazón geográfico de Buenos Aires fue denominada durante el último cuarto del siglo XIX: 46 A, Segurola, Segunda Serrano y finalmente, por ordenanza del año 1887 y hasta la actualidad, Gurruchaga; recibe su nombre en recuerdo de Francisco de Gurruchaga (1766-1846), jurisconsulto, organizador de la primera escuadra argentina y diputado.
Escenario de las transformaciones iniciales del barrio y uno de sus ejes principales en el desarrollo del mismo, esta calle cumplió un papel sustancial: como partícipe del núcleo fundacional –sobre ella y sus proximidades se instalaron la Fábrica Nacional de Calzado (1888), la Iglesia San Bernardo, cuya primitiva capilla fue habilitada en 1896, la curtiembre La Federal (1901), una plaza– y en una segunda etapa, como hito de una gran diversidad cultural que devino en una dinámica y respetuosa relación entre criollos e inmigrantes; entre estos últimos los llegados del Mediterráneo Oriental le dieron al lugar características particulares, convirtiéndolo en epicentro judeo-español.
Como hemos dicho, a los primeros pobladores se le agregaron tempranamente los judíos asquenazíes y a comienzos del siglo xx fueron apareciendo sus hermanos de religión, los sefaradíes: "El té con limón, el cortado en vaso o la grapa se consumían a la espera de los ‘varenikes’ del mediodía. La nostalgia de Varsovia quedaba así, un poco más disipada. Si Corrientes (ex Triunvirato), era la calle que nucleaba a los ashkenazíes, Gurruchaga se hizo famosa porque en ella asentó sus lares la inmigración sefaradí de habla castellana..." quedando transformada "en un colorido sainete de Vacarezza"(5).
En verdad, la armonía entre las distintas colectividades fue un hecho común recordado por muchos testimonios que confirman el buen trato entre ellas. Compartían algunos momentos del día en comedores y patios, cumpleaños e inclusive fiestas religiosas; así los judíos invitaban a sus mesas a vecinos cristianos y viceversa (6). No era extraña pues la presencia de sefaradíes en casamientos, bautismos o comuniones ni la de "gentiles" en los Berit-Milá, Bar-Mitzvá o durante la lectura de la Ketubá. Los niños correteaban y jugaban por las veredas y los adolescentes se reunían y compartían aventuras, sin importarles demasiado a los padres del vecindario la condición social o la fe religiosa de los amigos de sus hijos. Reafirmando esta relación amistosa un descendiente de un pionero sefaradí recuerda que su abuelo, conspicuo integrante de dicha comunidad villacrespense, en los primeros años del siglo pasado se acercaba periódicamente hasta la Iglesia San Bernardo para encontrarse con el párroco, con el que cambiaban opiniones sobre versículos del Antiguo Testamento, en un franco y ameno diálogo entre diferentes credos.
A pesar de la gran cantidad de testimonios en sintonía con la percepción de un pasado ideal, con sobrados visos de realidad, sería absurdo suponer que las relaciones sociales se dieran en un permanente "lecho de rosas". De hecho, algunas actitudes de recelo, desconfianza, prejuicio o discriminación aparecieron esporádicamente entre las distintas comunidades del barrio; representaban resabios de substratos culturales apegados a diversos imaginarios colectivos, pero esos casos aislados no llegaron a tener entidad suficiente como para inquietar lo que pareció ser una regla general, moralmente aún más elevada que la tolerancia: la aceptación del otro, del diferente.
Las primeras ceremonias religiosas sefaradíes se realizaron en un incómodo altillo, hasta que en 1914 fundaron el primer templo sefaradí del barrio en una sala del inquilinato de Gurruchaga Nº 421: el "Kahal Kadosh y Talmud Torá La Hermandad Sefaradí", lo que favoreció la concentración de los nuevos contingentes de iguales tradiciones. Asimismo, a fines de esa década, se compraron a pocos metros, sobre la calle transversal, Camargo, terrenos que a posteriori servirían para la construcción del Gran Templo Sefaradí y de un dispensario.
Movimiento, variedad, aromas, voces y melodías convirtieron a Gurruchaga en un remedo pintoresco de una calleja de Esmirna. Los relatos de sus antiguos moradores la evocan como "peatonal, una feria, un mercado persa" donde "la gente iba de aquí para allá", "en paz, sin odios". Fue paso ineludible de los vendedores ambulantes que acaparaban sus veredas con sus "tavás" y "pailones" (7) desbordantes de comidas típicas (baclavá, kadaif, reshas, mulupitas, boios, burekitas, sham malí) (8), canastas con semillas de girasol o zapallo, almendras saladas o los braseros para asar las castañas, todo ello como parte de un exótico paisaje para quien fuera ajeno al barrio. El vendedor de yogurt casero zigzagueaba con su bandejón entre el gentío camino a su clientela de los inquilinatos, cruzándose con el zapatero remendón que cargaba su caja de herramientas sobre la espalda. Los cuénteniks –vendedores domiciliarios a plazos– llevaban medio encorvados sus mercancías (bultos de ropa, sábanas, colchones y los más variados enseres) y los carros tirados por caballos arrimaban sus ruedas de madera a los cordones para ofrecer sandías y melones. Viejas y matronas seguían los movimientos desde las ventanas o sentadas en sus pequeños banquitos en la vereda, escudriñaban a sus "hiyos" que correteaban o jugaban al fútbol con una cáscara de mandarina reseca y enroscada. En Gurruchaga se daba esta mezcolanza donde la exaltación de la vida adquiría su máxima expresión (9).
Entre los cafés que florecieron a la vera de su adoquinado se mencionan el Franco, el Oriente, el de Danón, pero el que dejó la más profunda de las huellas en la memoria colectiva fue el mágico y mítico Café y Bar Izmir, en el Nº 432. Este local abierto en los años ’30 fue el más popular por su ambiente, comidas y festivas "nochadas" en los tiempos en que su anfitrión fuera Don Rafael "Alejandro" Alboger, sefaradí, oriundo de Izmir, quien lo regenteó durante su esplendor, desde 1940 hasta 1965, cuando fallece; a partir de entonces permanecieron al frente del mismo sus yernos, hasta fines de esa década.
Los habitués, varones sefaradíes-izmirlíes, en su mayoría, se entretenían allí jugando a las cartas (loba o pastra), el table (similar al backgamon), charlaban entre ellos y con griegos y armenios, tanto en djudezmo como en turco (idioma en común dentro del Imperio Otomano), todos ellos se solazaban en esta fascinante Babel –alquimia sorprendente vertida en las entrañas de Buenos Aires– al ritmo de la orquesta oriental y ante las sinuosas curvas de las odaliscas que danzaban al son de los chiftetellis (10), entre el humo del tabaco y de los shishes (11), el mezé (12) y el rakí (13).
Mientras, en los zaguanes, patios y habitaciones de los inquilinatos existía otro universo: el familiar, en el que la imagen de Sefarad se hacía más evidente. En sus cuartos, patios y cocinas reinaban las "muyeres". La doctora Eleonora Noga Alberti, musicóloga y estudiosa de la cultura sefaradí, nos comenta al respecto: "... como contrapartida (las mujeres sefaradíes) se reunían entre ellas y cantaban. Puede ser ese uno de los motivos por los que se conservó tan bien gran parte de la tradición. Cantaban entre ellas, en la cocina, al hacer las tareas hogareñas o para entretenerse... como los hombres salían y ellas estaban con los hijos, la mujer estaba más relacionada con ‘el romancero’; es la que mejor lo conservó, tanto las marroquíes, griegas o turcas... todas las mujeres tenían, a pesar de la imagen que a veces se hace de ellas, mucha vitalidad, una gran fuerza interior... En general el repertorio está muy ligado al ciclo de la vida, desde la parición –hay cantos para la mujer que ha dado a luz- hasta la muerte" (14).
Los dichos y refranes tan ligados también a Sefarad eran repetidos casi como un ritual, y referidos a las cosas más sencillas y cotidianas se conservaron con devoción. Pero no fue sencillo mantener el idioma medieval, que ya había recibido, además del hebreo, los aportes lingüísticos de cada región en la que estuvieron los sefaradíes. Por otra parte, el djudezmo, la lengua madre, poco alejado del castellano moderno hablado por la sociedad porteña, si bien tuvo inicialmente un importante carácter "integrador" con la vecindad, dentro de un contexto que poco lugar daba al aislamiento, las nuevas generaciones no lo fortalecieron, aunque no se perdería por completo. Quien más quien menos mantuvo, al menos parcialmente, las voces de sus antepasados.
Es preciso señalar aquí que ancianos sefaradíes del barrio y, lo que es más sugestivo, sus hijos y nietos, manifiestan una especial atracción por España. Sin desconocer o negar hechos traumáticos como, por ejemplo, los acaecidos en 1391 o 1492, la imagen idealizada de Sefarad, recurrente en los informantes, aparece como una suerte de etapa dorada o Paraíso Perdido en un tiempo remoto. El gusto por lo español se manifestó no solamente en los estilos o modismos con reminiscencias medievales sino en la atracción por el arte español contemporáneo. Numerosos sefaradíes escuchaban junto a vecinos españoles programas radiales de esta colectividad, cantaban y bailaban las canciones hispanas de moda, cantejondos, cuplés, etc. que traían los artistas peninsulares llegados a Buenos Aires. El idioma, seguramente, es una de las claves para entender la relación tan singular que une al sefaradí con lo español, es decir, a aquellos judíos que llevan también en su ser el habla de Cervantes. Ya el poeta Miguel de Unamuno aseguraba: "La sangre de mi espíritu es mi lengua, y mi patria es allí donde resuene soberano su verbo... "(15). Además, es significativo que descendientes de los sefaradíes confiesen que al pisar por primera vez tierras españolas han sentido "algo difícil de expresar"..., "llegar a España es como volver a casa". Estas experiencias tienen un fuerte contenido simbólico y de identidad. La idea del "retorno" a un lugar donde en realidad nunca se estuvo es parte de la maravillosa riqueza del patrimonio cultural intangible que nos ha llegado desde un tiempo tan lejano gracias al resguardo sistemático de la tradición y su transferencia generacional.
No cabe duda que a partir del exilio iniciado a fines del siglo xv los sefaradíes guardaron en sus corazones enormes "fragmentos" del espíritu español, atesorados como reliquias en sus nuevos hogares, y cada generación les sacó lustre rememorando una España ya inexistente, como si la hubieran conocido, como si hiciera un mes de la partida y no siglos. Pasaron cientos y cientos de calendarios y esos "fragmentos", parte del complejo rompecabezas que constituye la esencia de esta comunidad, fueron protegidos, aun inconscientemente, lo más que se pudo de todo tiempo y lugar. Y si el sefaradí pudo vivir en condiciones favorables dentro del Imperio Otomano, establecerse en forma permanente en sus ciudades, incorporar términos regionales en su viejo castellano, agregar otras exquisitas comidas a su cocina y sensuales músicas orientales en salones y bares, cinco siglos después parece casi un milagro que también perduraran tantos matices españoles –vía Mediterráneo Oriental– en las casas y habitaciones de los inquilinatos de la calle Gurruchaga. De los peculiares ámbitos construidos por los sefaradíes hispano-parlantes en tantos lugares donde vivieron, es menester no olvidar que había una vez... (y esto no es un cuento) una calle llamada Gurruchaga, la "sefaradí-izmirlí", donde un doble espejo reflejaba la imagen de Turquía, la del Karatash (16) de Esmirna, y la de las aljamas españolas, lejano resplandor de la eterna Sefarad.

La calle Gurruchaga, hoy

¿Dónde sino en Gurruchaga se hizo presente al mismo tiempo identidad y pacífica convivencia entre etnias tan diferentes, dónde el mayor despliegue y exteriorización del fulgor de esa mixtura? Gurruchaga enriqueció la diversidad cultural propia de Villa Crespo y de Buenos Aires, ciudad signada por la inmigración y el cosmopolitismo (17).
Sin embargo hoy esta arteria no es muy distinta a otras de la ciudad, incluso podría parecerse a cualquiera de Latinoamérica. ¿Qué fue del vigor de aquella policromía? ¿Por qué a comienzos del siglo XXI en sus veredas, fachadas y umbrales predomina la monotonía, el óxido y los grises? Hasta el Café y Bar Izmir, último baluarte secular sefaradí, que fuera designado "Café Notable de la Ciudad de Buenos Aires", cerró recientemente, después de siete décadas de señorío, y finalmente fue demolido en abril de 2004, a pesar de las acciones de una agrupación ciudadana por evitarlo. La ausencia de leyes eficaces para la defensa y protección de edificios representativos como el mencionado, una burocracia obstaculizadora en diversas áreas de gobierno y la penosa apatía de las instituciones de la comunidad, son algunos de los aspectos a tener en cuenta si se quiere modificar esta realidad. Si analizamos las tres últimas décadas, observamos que muchos "djidios" atenuaron parte de su herencia milenaria, influencia, acaso, de las múltiples transformaciones globales contemporáneas que impactan profundamente en el entramado cultural de toda la sociedad, en tanto no es casual que el djudezmo hace más de diez años fuera declarado por la UNESCO una de las lenguas "en peligro de extinción".
Diremos, para concluir, que después de un siglo de presencia sefaradí en Villa Crespo, aunque mucho parezca extraviado o desvanecido, hay ligeros movimientos de recuperación que subyacen y que esperamos no sean tardíos: hijos, nietos y bisnietos de aquellos primeros sefaradíes parecen querer enarbolar la bandera del recuerdo frente a cierta indiferencia de los últimos años. Las nuevas generaciones han comenzado a asumir la necesidad de rescatar y recrear su rica cultura a partir de la lengua, imágenes familiares, costumbres, canciones, dichos, refranes y sus múltiples expresiones cotidianas, para que no sólo los rituales religiosos se consagren. Pese a que las instituciones no toman cabal conciencia de la urgente necesidad de organizarse seria y eficientemente para salvaguardar su patrimonio cultural, están apareciendo voluntades que sin apoyos económicos, escasos recursos propios, pero mucha energía, coinciden en encarar la problemática actual y han decidido desempolvar tradiciones, escribir y dar a conocer sus propias vivencias de la niñez, cuando en torno a una mesa celebraban la vida junto a sus abuelos y padres; hoy se recogen testimonios, historias y anécdotas de los pocos mayores y ancianos que sobreviven, para no perder las fuentes de las que ellos abrevaron, ni los lejanos orígenes, ni su impronta porteña, para que no se eclipsen las identidades que enriquecen el género humano, para que la memoria no se convierta también en polvo cuando aun nosotros hayamos pasado. Tal vez estas acciones individuales o de pequeños grupos parezcan insuficientes y sea prematuro hablar de un renacimiento sefaradí, pero sí ha comenzado a correr un viento fresco de esperanza que sobrevuela el legado judeo-español que pervive y no se rinde, desvelo del que es testigo expectante Buenos Aires, refugio seguro de ilusiones, donde todo o casi todo es posible.
 



Notas



1 Denominación que recibe el curso inferior del río La Matanza en el tramo que establece el límite sur de la Capital Federal hasta su desembocadura en el Río de la Plata.
2 Un conventillo es un edificio estructurado a partir de un pasillo abierto donde se alinean unidades de vivienda. Sus dos entradas son por las calles Thames 139/147 y Serrano 148/156. El conventillo el Nacional debe su denominación a que fue construido por la Fábrica Nacional de Calzado.
3 Persona provocativa y pendenciera, afectada en sus maneras y su vestir.
4 Marechal, Leopoldo. La batalla de José Luna. Editorial Universitaria. Santiago de Chile. 1970.
5 Kamenszain, Tamara. "Los Barrios Judíos", Revista Plural. Nº20-21-22. Buenos Aires. 1979.
6 Szwarcer, Carlos. "Hechizo Sefaradí", Los Muestros Nº 54. Bruselas. Bélgica. 2004.
7 Recipientes (djudezmo).
8 Ver: Shaul, Moshe y otros. "El guizado sefardí", Rechetas de Komidas Sefardis. Ed. Iber Caja.1995.
9 Szwarcer, Carlos. "El Café Izmir", Todo es Historia Nº 422, Setiembre de 2002, Buenos Aires.
10 Música rítmica y sensual (bailada en el Mediterráneo Oriental).
11 Trozos de hígado o carne de cordero, al plato o en sándwich, asado al carbón.
12 Especie de aperitivo servido en pequeños platos: huevo jaminado (duro), queso blanco de cabra, aceitunas, pescado frito, pepino, etc.
13 Anís seco. A veces se le agregaban gotas de agua, quedando de aspecto lechoso, o cenizas de cigarros, para hacerlo de sabor más fuerte.
14 Fragmento de una entrevista del autor a la Dra. Eleonora Noga Alberti. Buenos Aires. Enero de 2003.
15 Unamuno, Miguel de. Fragmento del poema "La Sangre de mi Espíritu".
16 Barrio judío de la ciudad de Esmirna.
17 Szwarcer, Carlos. "El Tortoni y el Izmir –un nexo para la historia–". Cuadernos del Tortoni Nº 9. Pág.1 a 9. Buenos Aires. 2003.


 
Carlos Szwarcer
Publicado en: Raíces Nº 62. Año XIX. Marzo de 2005. Sefarad Editores. Madrid, España.

martes, 15 de marzo de 2005

LA MESA DE MIS ABUELOS

por Carlos Szwarcer

Vivíamos en el corazón de Villa Crespo, un barrio del centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires. Allí comenzaba mi infancia y los primeros pasos de mi largo camino en el intento de abordar misterios insondables que aún no sé si alcancé a comprender.

Crecí con un fuerte concepto de familia que se afirmó en las reuniones de la calle Vera 954, la casa de mis abuelos maternos Alboger - Benghiat, sefardíes nacidos en Izmir a principios del siglo pasado y llegados a la Argentina en los años ’20. En la gran mesa de su comedor, los platos siempre desbordantes, las risas contagiosas hasta el llanto de alegría, los ruidos de las copas de cristal que en cada brindis sonaban como agudas y finas campanadas. Y el primer lejaim (1) de mi abuelo Alejandro, que repetíamos en un eco interminable como entrando en un trance colectivo. Allí estábamos todos. El vigor de la prosapia y la efervescencia de la prole discurrían como en un sueño diáfano. Hubo un tiempo en que ésto fue más o menos así aunque parezca un cuento.

Sin embargo, esos dorados encuentros, esas magníficas veladas con mis abuelos, padres, tíos, hermanas y primos, me generaban un doble sentimiento, el de felicidad indescriptible y el de aflicción casi masoquista. La alegría inmensa de compartir, pero también la percepción de que mis mayores, con absoluta seguridad, algún día no estarían, y entonces... la tristeza. Pero el instinto de conservación, que no es tonto, hizo pesar más en la balanza el regocijo de ver la parentela bulliciosa, presente y rozagante.

Y de todas las fiestas celebradas en ese espacioso comedor espejado, fue Pesaj (2) la que dejó en mí la huella más profunda. Desde chico, algo simple y contundente me marcó en cada conmemoración: el significado de libertad que emanaba de su historia. Trascendió más allá de lo religioso, de la tradición o de lo simbólico, y cada año fue adquiriendo mayor dimensión.

Me aferro frecuentemente a la imagen de una familia que se encuentra en algún lugar de la memoria que hoy me parece paradisíaco, eran grandes momentos iluminados por la felicidad. Pasaron entremezclados en un carrusel interminable los Roshashaná (3), las Navidades, el Bar Mitzvá (4), los Años Nuevos, los cumpleaños o las Siete Candelas (5), pero además, irremediablemente, los midrash (6), los kadish (7) y los entierros, mientras deshojábamos los fugaces calendarios, dagas del destino.

En la casa de mis abuelos, donde transcurrió mi infancia y parte de mi adolescencia, había una vez un comedor de mosaicos jaspeados y amplios ventanales, en el centro la enorme mesa de madera labrada y lustrosa, en torno a la cual, en Pesaj, inauguré mi reflexión sobre los vastos dominios de la libertad. Los tiempos pasaron y mis tempranos presagios sobre las inevitables ausencias de mis seres más queridos se fueron cumpliendo inexorablemente. Sin embargo, tras el dolor por los que se iban, se agigantaba en mí, como por mandato divino, el recuerdo de los jubilosos tiempos idos y la certeza de que luchando por un presente digno y en libertad ayudaría a que el mundo fuera mejor para las generaciones venideras, para nuestros hijos.

Tal vez una de las más bellas consecuencias de Pesaj sea que a través de sus festejos comencé a entender algo sobre el sentido de la vida. Después me dedicaría a la solitaria indagación sobre mis orígenes y a consolidar una profunda vocación por la historia. Pesaj, al fin, me dejó la libertad como principio y la responsabilidad como modo de vida. Sirva este recuerdo en honor a las familias y sus encuentros, y a ciertas festividades que ayudan a vislumbrar las complejidades de la vida y a modificar los caminos de nuestra existencia.

Notas:

1)Del hebreo: por la vida, salud.
2)Pascua judía.
3)Año Nuevo judío.
4)Ceremonia religiosa en la que el joven asume los derechos y obligaciones, la madurez religiosa y legal. Fiesta familiar.
5)Ceremonia relacionada con el nacimiento de una niña. Es un día de fiesta familiar.
6)En la tradición judeo-española, ceremonia en el aniversario del fallecimiento de un pariente.
7)Oración leída también en el midrash.


Carlos Szwarcer
Publicado en "Los Muestros" Nº 58. Marzo de 2005. Bruselas. Bélgica.
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