lunes, 10 de mayo de 2004

EL CONVENTILLO DE LA PALOMA UN SIGLO DESPUES

Por Carlos Szwarcer


La 2º edición de las visitas “Los Barrios Porteños Abren sus Puertas”, me ha encontrado participando nuevamente entre sus guías. En Villa Crespo hemos presentado para este evento cultural, hace un mes, dos edificios históricos que tienen un fuerte contenido simbólico para la ciudad: el ex-Conventillo El Nacional y el Café y Bar Izmir. Ambos son parte del Patrimonio Cultural de Buenos Aires y de los pocos del barrio que con esas características quedan aún en pie
Hoy hablaremos del Conventillo. Necesitaremos recorrer un poco de historia. Ya en 1853, en el Preámbulo de nuestra Carta Magna se especifica que la misma era “para los habitantes de la Nación Argentina” y “... todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino...”. La exigencia de cubrir puestos de trabajo para sostener el modelo agroexportador y de expansión programada hizo que la política estatal se encaminara a incentivar la inmigración. Algunos slogans como “Poblar el desierto” o “gobernar es poblar” reafirmaban políticas tendientes a resolver las necesidades inmediatas de mano de obra y al poco tiempo, con un predominio de italianos y españoles, se inició el proceso creciente de llegada de grandes oleadas inmigratorias. El hambre, la desesperación y la falta de expectativas, consecuencia de las políticas internas de los estados europeos y de los diversos conflictos armados regionales, potenciados con la Primera Guerra Mundial, determinaron tanto el flujo como el lugar de origen de los migrantes. Durante los últimos años del siglo XIX y las primeras tres décadas del siguiente las dársenas del puerto de Buenos Aires fueron testigos de la llegada de aquellas muchedumbres de distintos países.
Villa Crespo, ubicado hoy en el centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires, pertenecía en sus inicios al ámbito del arrabal; hacia 1880 existía como extensos pastizales anegadizos que incluían unas pocas y dispersas quintas. A mediados de esa década llegaría la Fábrica Nacional de Calzado que vio conveniente la adquisición de unas 30 hectáreas en esta zona prácticamente despoblada, con terrenos baratos y un arroyo próximo, el “Maldonado”, útil para arrojar los deshechos industriales. Esta industria en franca expansión respondía a la formidable demanda de calzado por el vertiginoso aumento de población, “polo de atracción” para quienes buscaban empleo, fue determinante para la conformación del nuevo barrio. La experiencia empresarial contemplaba ofrecerle vivienda a los empleados. Primero los alojaron en los edificios de la fábrica, luego construyó una gran casa de inquilinato, conocida como Conventillo El Nacional, a metros de sus oficinas centrales y, en la medida que fue necesario, se impulsaron loteos para la compra a crédito de pequeños terrenos para la edificación de casas obreras. Sin embargo, en los años siguientes este proceso derivó en la aparición, en torno al núcleo fabril fundacional, de pequeños inquilinatos que albergaban a varias familias. De tal forma el barrio fue creciendo y afianzándose con una variada población que llegaba ansiosa buscando un mejor futuro.
Desde 1890 a 1930, quedó en Argentina un saldo migratorio de más de tres millones de nuevos pobladores. De la diversidad cultural de Villa Crespo surgió una buena relación entre criollos e inmigrantes provenientes de muy diferentes lugares, la que fue manifestándose en los patios de estos conventillos o casas de inquilinato y en los cafés que fueron apareciendo, donde el “gringo” mitigaba parte del desarraigo a partir del ocio y el entretenimiento entre parroquianos de iguales costumbres.


"El Conventillo de la Paloma". Obra digitalizada.
Archivo Carlos Szwarcer


El Conventillo El Nacional, llamado también el “Conventillo de la Paloma”, llegó a tener más de cien habitaciones ubicadas en cuatro cuerpos. Un pasillo extenso y angosto de una cuadra recorría internamente la manzana, con entrada por Serrano 148-156 y otra por Thames 139-147. Fue el lugar que sirvió de inspiración para el sainete más famoso del autor Alberto Vacarezza, quien había vivido en el barrio y ubicó en escena a los nuevos arquetipos que convivían en piezas, patios y zaguanes: el tano (italiano), el gallego (español), el ruso (judío ashkenazí), el turco (judío sefaradí y otras etnias procedentes del viejo Imperio Otomano), etc. La obra, que tuvo como principal protagonista a la actriz y cantante Libertad Lamarque, fue estrenada en teatro en 1929 con un espectacular éxito (más de 1000 representaciones). Su argumento se basó en los amores de una hermosa fabriquera llamada Paloma. En cine se estrenó con el mismo título en el año 1936.
A más de un siglo de la construcción de este Conventillo, los asistentes a la recorrida barrial nos preguntaban si la tal Paloma verdaderamente había vivido allí. Más allá de que la heroína tenga un correlato histórico o sea un mero mito producto de la ficción, este edificio paradigmático por donde pasaron tango, lunfardo, compadritos y cocoliche, sí es real y, después de un siglo sigue milagrosamente en pie, aunque deteriorado y con signos de depredación (su hermosa fachada de madera labrada ha sido parcialmente extraída) evidencia que cien años después sigue siendo ámbito de inmigrantes, de otros orígenes, con otras músicas y otras voces, producto de las migraciones internas, de nuestras provincias y de países vecinos.
¿Qué pasó en la Argentina en estos últimos 100 años? Hay mucho para reflexionar. Nos resistimos a creer que el tiempo pase en vano. Aparecen tristes paradojas en estas épocas en que la cybercultura o la globalización se han impuesto y se hace cada vez más necesario conservar los sitios que tienen un fuerte valor histórico para la comunidad y, obviamente, preservar las identidades que le dan sentido a cada lugar, en este caso la rica diversidad cultural del Buenos Aires cosmopolita que se recrea, tanto como el patrimonio cultural propio de cada rincón de nuestro país. Pero nuestra preocupación no pasa solamente porque edificios, costumbres o tradiciones se salvaguarden, sino porque además observamos que, contra toda lógica, nuestra Argentina de pleno siglo XXI incomprensiblemente nos remite a ciertas situaciones del siglo XIX, cuyos contenidos contradictorios nos consternan y desorientan: aún cuestionando las condiciones generales y el deplorable estado de salubridad de aquella época lejana, criollos e inmigrantes sentían entonces que una joven y pujante nación los cobijaba, que tenían trabajo y esperanza. Hoy... más de un siglo ha pasado. Llegue cada uno a sus propias conclusiones.

Carlos Szwarcer
Publicado en:Revista de Estudios Culturales del CECAO. Año II Nº XIX. Mayo de 2004. Córdoba. Argentina.

miércoles, 17 de marzo de 2004

HECHIZO SEFARADI

por Carlos Szwarcer


José tiene más de 80 años. Nació en Villa Crespo, Buenos Aires. Su niñez estuvo estrechamente ligada a la calle Gurruchaga al 400 y sus cercanías, creció en “el medio de la Yudría”, sector del barrio en el que se concentraban los sefaradíes de habla judeo-española. El lugar tenía características muy especiales que sobresalían aún dentro del universo multicolor de Villa Crespo, donde los ashkenazíes (1) eran inmensa mayoría entre los judíos. Todos ellos coexistían con españoles, italianos, musulmanes, griegos, armenios, etc., pero desde las primeras décadas del siglo XX, Gurruchaga, ubicada entre Corrientes - por entonces llamada Triunvirato – y Camargo, fue una típica callejuela de Izmir (Esmirna).
En verdad, José, apodado “Pepe”, no era sefaradí... pero lo parecía; era descendiente de una de las tantas familias de origen español de los inquilinatos donde convivían entremezcladas parentelas de distintas etnias, humildes y trabajadoras. La mayoría de los amigos de Pepe eran “turcos sefaradíes” y conocía a la perfección sus costumbres, a tal punto que, se podría decir, era uno de ellos. Si hasta iba con aquella “barrita sefaradí”, a la tardecita, al templo de Camargo al 800 para ganarse unas monedas de propina ayudando a distribuir las kipás (2) a los varones que ingresaban a orar.
Los años 30 del siglo pasado fueron difíciles, aunque dentro de una coyuntura de crisis, generalmente las familias se conformaban con poco. Los testimonios tienden a recordar lo cotidiano desde aspectos muchas veces presentados bajo un barniz de felicidad, producto de un tiempo que parece haber sido disfrutado con pequeñas cosas y aún las dificultades, derivadas de una incómoda situación económica, hoy son expresadas desde el humor o rememorando picardías o travesuras.
Pepe cuenta que su “hermano trabajaba en la pollería de la calle Gurruchaga, pelaba pollos y mi mamá me mandaba a comprar allá. Los huevos rotos los vendían más baratos y yo iba con una “lechera” y le decía a Gallizy - el dueño del local - ‘Hola, don Juan, dice mi mamá si me puede dar una docena de huevos rotos’. Y él me contestaba ‘Sí, claro, andá, decile al Cholo’. Y yo le decía a mi hermano, que se iba al fondo, agarraba los huevos sanos, los golpeaba y los tiraba a la lechera, pero en vez de 12 tiraba como 50 huevos y cuando salía yo le decía ‘Dice mi hermano que ya está don Juan’. ‘A ver, qué te voy a cobrar si están todos rotos’ y no me cobraba nada”. Con el rostro encendido y nostálgico por el recuerdo de esa artimaña Don Pepe continúa: “Y mi mamá pisaba todo, con cáscara y los colaba y hacía una masita que le enseñaron los turcos (sefaradíes), que le llamaban "pan esponyado", pan de España, después con lo que le quedaba le agregaba un poco de harina y estiraba la masa con una cuchara y se hacía como un huevo frito y hacía unas masitas: ‘Mulupitas’ y llevaba la fuente a la panadería para que se la hornearan. Aprendimos de los turcos... comíamos a cuturadas.” (3). Ríe a carcajadas.
Asegura conocer muchas temas que cantaban los turcos y hurgando en su memoria, en tanto se humedecen sus ojos claros, alcanza a revivir con cierta dificultad, pero mucha alegría, algunos fragmentos: “Ay! Yo me la llevé / abajo del puente / cuántos cuentos le conté / ni me lavo ni me peino / ni te pongas la mantilla / hasta que venga mi novio de la guerra de Sevilla. Y Pepe sigue entonando Ay! Sí, ven Pupula ven / Pupula ven no te desbragues / que aquí nos pueden ver / toma por aquí toma por allí...”
Claro que fue tanto el contacto con el mundo sefaradí que se vio embelekado; las comidas, el cancionero, los refranes: “Mucho i bueno ke te de el Dió”, “Kamino de leche i miel ke se te haga” y, sobre todo, la “grazia de sus muyeres”, hicieron que se enamorara de la hija de un operario del templo sefaradí de la vuelta. La familia de la novia solamente le pidió que no se casaran por iglesia y les deseó “parida de hiyos”.
Sorprende escuchar en este criollo de apellido vasco, la perfecta cadencia y entonación de sus palabras en dyudesmo (4), tan cuidadosa y gratamente elegidas del baúl donde se guardan las vivencias más queridas, mientras se ilumina una vez más su rostro, como quién de pronto encontró un lugar y un tiempo en el que comenzó su felicidad.
Este testimonio, que es parte de la historia de una familia común de Villa Crespo, es reflejo de la convivencia e integración en un ámbito de diversidad cultural, donde el mundo sefaradí, como observamos, fue y sigue siendo una fuente de hechizo y seducción, muchas veces irresistible.

Notas:
1) Judíos de habla idish. / 2) Pequeño sombrero para cubrir la cabeza durante las ceremonias en el templo. / 3) En mucha cantidad./ 4) Denominado, indistintamente: ladino, judeoespañol, castellano antiguo, espanyol, españolit, etc.

Carlos Szwarcer
Publicado en “Los Muestros” Nº 54. Marzo de 2004. Bruselas. Bélgica.

----------------------------------------

viernes, 6 de febrero de 2004

MUSEO MUNDIAL DEL TANGO - su inauguración -




Carlos Szwarcer entrevistando
a Horacio Ferrer.

El 22 de Diciembre pasado (1) se inauguró, en el Palacio Carlos Gardel, el Museo Mundial del Tango, ubicado en el 1º piso de Avenida Rivadavia 830 de la ciudad de Buenos Aires, dentro del ámbito de la Academia Nacional del Tango. Dependen de ésta y funcionan allí el Liceo Superior del Tango, el Conservatorio de Estilos “Argentino Galván”, la División Patrimonio y La Fundación Pro Academia Nacional del Tango.
Horas antes del acto de apertura del nuevo Museo pudimos dialogar con Gabriel Soria, quien junto al mítico Horacio Ferrer son los creadores del flamante espacio cultural. Soria, quien amablemente extendiera invitaciones especiales para dicho evento a este corresponsal y al encargado de Redacción de la Revista del Cecao, Jorge Lazzeri, manifestó su entusiasmo por el renovado interés que tiene el Tango en todo el país y por la concreción de tan ansiado proyecto.


El inicio del importante acontecimiento estaba anunciado para las 19,30 hs. Alrededor de las 14 hs. se observaba en el lugar un movimiento incesante. Las vitrinas permanecían con sus tapas de vidrio aún levantadas para que terminaran de ubicar cada reliquia en su justo sitio. La tensión y el apuro por llegar a tiempo con la programación y el despliegue de operarios y ayudantes fue nuestra primera imagen. Uno de ellos terminaba de recortar prolijamente una foto de Carlos Gardel para exhibirla en el lugar adecuado. Horacio Ferrer, con el nerviosismo natural de los momentos previos, estaba en todos los detalles, iba y venía ayudando a trasladar diversos objetos. Otro grupo probaba los equipos de sonido y video.

imagen
Mario Clavel y Carlos Szwarcer 

A las 19 hs gran cantidad de medios de comunicación cubrían la ceremonia. Subimos las amplias y lujosas escaleras, en tanto comentábamos cómo nos invadía una extraña sensación: estábamos participando de un verdadero hecho histórico. Funcionarios, periodistas, músicos y público en general con curiosidad y emoción circulaban por los varios salones que permiten recorrer las distintas épocas del Tango desde sus orígenes. La muestra, pensada en forma didáctica, está dividida en sectores por orden cronológico. Gigantografías espectaculares exponen las imágenes de célebres músicos y cantantes de todas los tiempos. Se lucen en los anaqueles una variedad de ediciones de libros y discos dedicados al Tango en nuestro país, como así también, rarezas de otras partes del mundo relacionadas con la temática. Varias vitrinas cobijan manuscritos amarillentos de célebres composiciones, pentagramas y programas de antaño, discos de pasta, y máquinas de escribir añosas con las que se tipearon alguna vez estrofas que marcarían épocas.
En una pequeña sala pudimos sentirnos cerca, en cierto modo, de grandes estrellas tangueras a través de alguno de sus atuendos: un vestido de Tita Merello o un frac que perteneció a Aníbal Troilo (Pichuco). Un recinto especial está dedicado a la exposición de fotografías de rostros de reconocidas figuras del ámbito tanguero, todas ellas tomadas por la notable fotógrafa alemana Annemarie Heinrich quien retratara a grandes personalidades de la cultura argentina.



Inaugurazione del museo
Carlos Szwarcer - Jorge Lazzeri - Oscar Suárez
El salón principal dispone de un breve escenario con espacio suficiente para una orquesta, allí se dijeron las palabras inaugurales. Horacio Ferrer, exultante contó, junto a Gabriel Soria, los pormenores del proyecto que se hacía realidad en esos instantes. Tras los agradecimientos a quienes apoyaron financieramente la idea, invitaron a compartir el micrófono a la cantante Susana Rinaldi que puntualizó la importancia de ese momento. En medio de sus palabras se produjo un inesperado apagón, quedando los invitados en total oscuridad. Sin embargo, las luces de varias cámaras que funcionaban gracias a sus baterías, alcanzaban a iluminar el escenario. “La tana” Rinaldi, haciendo gala de sus dotes actorales, alcanzó a decirle inmediatamente a Ferrer, bien fuerte como para que todos lo escuchen: “¡Esto es buena suerte... bajaron los ángeles! ¿Te acordás Horacio que lo mismo pasó cuando hace muchos años inauguramos `La Botica del Ángel, y que éxito tuvimos...?” Ferrer sonrió preocupado, seguramente pensando en cuantos minutos tardaría en volver la iluminación. Pero, apenas finalizadas las palabras de la cantante, mágicamente, se hizo otra vez la luz provocando el aplauso cerrado de la numerosa asistencia.
El Museo Mundial del Tango, lugar poblado de musas al que no se debe dejar de visitar, colaborará con la difusión de parte del acervo nacional. Pensado inteligentemente para que disfruten los amantes de la música en general y del Tango en particular contará, indudablemente, con la presencia de un cuantioso y variado público. Los argentinos y el turismo que llega a nuestro país agradecidos por esta atractiva propuesta cultural.
Notas:
1) 22 de Diciembre de 2003.
Carlos Szwarcer
*) Publicado en Revista de Estudios Culturales del Cecao. Año II Nº 16. Febrero de 2004. Córdoba. Argentina.
*) Texto ajustado para Letras-Uruguay - Espacio Latino.


domingo, 14 de diciembre de 2003

PARAISOS PERDIDOS

por Carlos Szwarcer


He tenido la suerte de visitar Córdoba en varias oportunidades y disfrutar su paisaje, la hospitalidad de su gente y su humor tan particular, además de admirar su historia. Soy un porteño que ama su ciudad natal, Buenos Aires, tanto que a veces pienso que nací de un bache del centro de la ciudad y al pensar en la elección del tema de esta primera publicación vino a mi mente en forma inmediata la imagen de Córdoba como un Paraíso. Indudablemente los cordobeses han sido obsequiados, y en abundancia, por la Madre Naturaleza.
Los habitantes de Buenos Aires a falta de cerros, montañas, valles o caudalosos ríos, construimos día a día nuestro paraíso y también, hay que decirlo, nuestro infierno. Si no existen, los “inventamos". Los vergeles o los oasis, refugio y descanso para los caminantes, existen tanto en desiertos como en ciudades. Muchas veces estos sitios son mera ilusión, pura imaginación, un espejismo para el sediento errante. Sin embargo esos “ámbitos salvadores” de la sed y la demencia pueden también estar en un bar o café, lugares bien reales y ligados a la nostalgia que supimos conseguir, tan típica en los porteños, un sello grabado a fuego como otra de nuestras manifestaciones características: el tango, que junto a una infinidad de ritos cotidianos nos da identidad y sentido de pertenencia.
Efectivamente, los porteños seguimos con la vieja costumbre de encontrarnos en los cafés, esos sucedáneos de los viejos "fogones" criollos, o como lo definen algunos "popes" de las ciencias sociales: lugares que representan "La Choza Mayor de la Tribu", adonde vamos a hablar de nuestras cosas, de lo que nos pasa, donde en una mesa arreglamos el mundo: será por éso que un Café de un barrio cualquiera de la ciudad se puede convertir en ese oasis que nos salva de cierta locura cotidiana. Allí hacemos nuestra pausa en el camino, a veces de sólo unos minutos para recobrar fuerzas y seguir peregrinando, otras para compartir momentos con los amigos. Filosofamos sobre la vida y hablamos de lo que es, de lo que fue y de lo que será. En esos locales, donde parece detenerse el tiempo, entre el humo y los ruidos, lo imposible es posible y viceversa.
Días atrás, justamente en un café del centro, charlaba con dos amigos del alma sobre las bondades innegables del progreso y todos sus beneficios, inmediatamente surgieron los costos que pagamos por esa “prosperidad” y meditamos sobre lo que “extraviamos” en ese camino de transformaciones hacia un mundo mejor. ¿Qué paraísos perdimos?
El "Chino" Oscar nos decía - Se acuerdan cuando jugábamos a las figuritas, a las bolitas, al balero. ¡Qué tiempos aquellos! Han cambiado tanto las cosas...
Sus palabras me llevaron en el acto a imágenes tan gratas de mi niñez que quedé como hipnotizado, tanto que cuando reaccioné y estaba por reafirmar lo dicho ya era tarde. Lito se adelantó contestándole sin la menor misericordia. - Pero calláte, dejáte de "joder", vos vivís en el pasado.
Mientras el mozo nos miraba de reojo, pude responderle: - Pará, en parte tiene razón. Ustedes saben que yo no soy de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor, pero... qué lindos, qué distintos eran aquellos años, si hasta jugábamos al fútbol de vereda a vereda. - Sí - reafirmó el chino - , en cambio hoy, si no estás en estado atlético, para cruzar las mismas calles, en una milésima de segundo te "lleva puesto" el primer auto que pasa.
Lito, como siempre que cambiamos ideas, se fue poniendo cada vez más colorado de los nervios y profundizó su postura: - Ustedes están "tildados" en otra época. Hoy los pibes están en otra. Son los tiempos de la computadora. "Chotean" o "chatean", qué sé yo como se dice. Bah... hablan con chicos y chicas de otros países al instante, hasta se ven por el “televisor”. En esos “cyber-cafés” dicen que tienen juegos que te hacen sentir que estás adentro de la pantalla, eso de la "realidad virtual" me parece espectacular. Ustedes son unos "viejos chotos" – insistió.
- Pará che, que vos tenés nuestra misma edad - le contestó molesto el Chino - y no te acalores que encima te sube la presión, mirá como estás de colorado. ¡Frená la moto viejo, a ver si encima terminás parapléjico en el hospital!
En tanto Lito con un gesto de disgusto pensaba en lo que le advertía el Chino y el joven mozo esbozaba una sonrisa piadosa como pensando de dónde salieron estos tres especímenes, se me ocurrió agregar - ¿Además saben qué recuerdo?, el cine continuado con tres películas, los carnavales, las fogatas de San Pedro y San Pablo, los corsos. ¿Cómo nos divertíamos con esas cosas no?
Al Chino se le iluminaba la cara, y Lito se iba transformando; juro que creí que allí mismo se moría. Fue pasando de colorado a verde aceituna y con los ojos desorbitados pegó un golpe en la mesa. Se nos arrimó como pretendiendo decirnos algo muy importante sin que nadie se enterara y en voz baja sentenció - Locos, están los dos locos de remate. Mirá Carlitos... vos tenés un corso pero a contramano. Subiendo el tono precisó con cierta arrogancia - Hoy tenemos video-casetera, ni al cine hay que ir. ¡Má que fogatas, que para compartir unas papas calientes, no se acuerdan, nos pelábamos los dedos! Hoy... micro-ondas viejo. Y casi a los gritos concluyó - ¡Y qué bombitas de agua y qué carnaval. El carnaval de Río lo ves sentado en tu casa, sin moverte, sin poner un mango, en la tele! Después de ese borbotón de palabras Lito pareció relajarse al menos unos instantes.
El Chino quedó mudo y yo, mientras evitaba responderle para que la charla de café no terminara con un pedido de ambulancia, me quedé pensando, más bien recordando, los Paraísos Perdidos de nuestra niñez urbana. Salí del trance cuando el mozo nos avisaba que tenía que levantar las sillas porque era hora de cerrar.
Lito nos preguntó - ¿Pero che, no son las diez de la noche, a qué hora cierran ahora? Ya ni podemos charlar- y nos asombró aún más al agregar - ¿Se acuerdan cuando acá nos quedábamos hasta las dos de la "matina?
Una mirada cómplice acompañada de unas carcajadas irrefrenables me unieron al Chino y dije: - Viste Lito... vos también tenés un ¡Paraíso Perdido!, al fin caíste en una.
Pagamos los seis cortados que consumimos, dejamos unas monedas de propina para el mozo y salimos del boliche riéndonos los tres. Caminamos por Avenida Corrientes con las luces de neón proyectando nuestras sombras alargadas y cansinas dirigiéndose hacia el Obelisco y entonces, otra vez, Lito, como un guerrero romano herido blandiendo su espada para vengarse, en tono de sorna, rematando la noche, exclamó – ¡Uy... tiraron abajo el viejo Trust Joyero y pusieron una Hamburguesería... Pucha digo!
Aceptamos la cargada echándonos a reír otra vez... como tres chicos.
Cruzando la 9 de Julio la luz amarilla del semáforo nos avisaba que no llegaríamos a cruzar de un tirón la totalidad de la ancha avenida. Nos detuvimos en el parador y yo, saliendo de la telaraña de recuerdos que se me habían venido encima, me sentí como Adán recién expulsado del Edén, sabiendo que una y otra vez volvería a “comer de la misma manzana prohibida” tanto como a rememorar los lejanos Paraísos Perdidos, porque la necesidad de creer en el porvenir es tan importante como traer a la memoria, aunque más no sea de vez en cuando, nuestros orígenes, como para ir cargando las pilas

Carlos Szwarcer
Publicado en Revista de Estudios Culturales del CECAO N° 14. Diciembre de 2003. Córdoba. Argentina.

sábado, 6 de diciembre de 2003

EL INCOMPARABLE FLORENCIO PARRAVICINI


imagen
Florencio Parravicini 

por Carlos Szwarcer

Florencio Parravicini (1876-1941) ha sido una de esas figuras del espectáculo que difícilmente se puedan equiparar. Tan insólito como espectacular arriba y abajo del escenario fue notable tirador al blanco, pionero de la aviación argentina, corredor de autos, esgrimista, cantante, actor y monologuista sin igual. Un excéntrico que nació dentro de una familia acomodada y prestigiosa pero a quien sus desatinos lo llevaron por el mundo con distinta suerte, pasando de la prosperidad a la estrechez de un día para el otro. Llegó, en su peregrinar por diferentes ámbitos, a pasar incluso por la política, logrando un puesto de concejal.
Precursor de los grandes capo-cómicos, hacía reír con su sola presencia apenas aparecía en el escenario. Sus ocurrencias divertían a multitudes y solían superar el límite de lo tolerado por la “moral” de su tiempo. Tal como le confió preocupado el dueño del Teatro Cosmopolita a Pepe Podestá, Parravicini decía “cosas demasiado alegres y divertidas” pero su modo de ser ponía en su contra a parte de la prensa, que incidía sobre las autoridades municipales. Esta situación ponía en riesgo la continuidad del espectáculo y al local al borde de la clausura.
En 1911 el escritor y literato catalán Santiago Ruisiñol opinó sobre el actor argentino: “...artista que no puede compararse con ninguno... medio clown, medio juglar, medio cómico, medio serio, observador y desencajado, escandaloso y distinguido... improvisa, llena la escena con su presencia, dejando aturdidos a los actores, a las obras y hasta al público”.

Carlos Szwarcer
Publicado en “Todo es Historia” Nº 436. Pág. 32. Noviembre de 2003. Buenos Aires. (Argentina)
--------------------------------------------

viernes, 5 de diciembre de 2003

DE CUPLES Y CACHETAZOS


imagen
Raquel Meller


En la España de fines del siglo XIX y principios del XX la incorporación del erotismo en el teatro, a través de las mallas negras, el corsé, las faldas cada vez más arriba y los escotes cada vez más abajo, hizo llamar a estas artistas del nuevo género: diablos con faldas pues se suponía, en algunos casos con fundamento, que eran mujeres de azarosas vidas.
En 1911, entusiastas y admiradores de la Chelito -sobrenombre de
la cubana Consuelo Portela- luego de hacerlos gemir en el Trianón Palace de Madrid, la colocaron sobre sus hombros, paseándola triunfalmente hasta el Ideal Room. Este puede ser considerado el momento de despegue del llamado género ínfimo y del cuplé (del francés couplet), este último de aparente origen provenzal, copla de una canción, que en España, desde fines del siglo XIX, se lo utilizó en su vertiente picaresca.
La Fornarina, Consuelo Vello, fue la primera gran reina del cuplé. Tuvo un pasado turbio de prostitución del que nunca se llegó a desprender. Murió joven, en pleno triunfo, en 1915.
Sin embargo la zaragozana Raquel Meller, nombre artístico de Francisca Márquez López, fue la artista de su época de más renombre y nivel internacional. Su arte gustaba a todo tipo de público. Hizo conocer canciones como El Relicario o La Violetera por todo el mundo. Fue también centro de escándalos y de rumores varios.
La Argentinita, Encarnación López, nacida en Buenos Aires en 1898, hizo su carrera en España destacándose como bailarina excelente y de gran clase, sobresaliendo también como simpática cantante. En su espectáculo en el teatro Romea, en uno de sus cuplés: El matrimonio, realizaba una imitación de Raquel Meller. Esta asistió una noche a la función. Al finalizar la interpretación del cuplé se levantó del palco y fue al escenario, sin gritos, tranquilamente le dio un cachetazo a Encarnación delante de todo el público y le dijo: ¡Y ésto es para ti!, dejándole en claro que una artista de su talla no aceptaba imitaciones.

Carlos Szwarcer
Publicado en “Todo es Historia” Nº 436. Pág. 31. Noviembre de 2003. Buenos Aires. (Argentina)
--------------------------------------------

 
Raquel Meller
 

sábado, 27 de septiembre de 2003

GARDEL Y EL TORTONI


imagenBuenos Aires, ciudad varias veces centenaria, conserva sitios históricos que resistieron el paso de los años, algunos de ellos se transformaron, por ejemplo, en interesantes museos que invitan a un recorrido fascinante por el pasado, otros son visitados por el magnífico atractivo de la Historia que por allí “pasó” y que aún “pasa”, es decir, lugares que tienen absoluta vigencia. Este es el caso del sempiterno Café Tortoni, el más antiguo - en pie - de la ciudad, que desde 1858, año de su fundación, hasta nuestros días, es centro de peregrinación de buena parte de la sociedad.

¿Qué busca el visitante en sus salones sino el encuentro, la reunión, un aroma, disfrutar de la estética de sus ambientes o sus vitreaux, contemplar las pinturas y obras de arte de importantes artistas que se exhiben en sus añosas paredes custodiadas por altísimas columnas de capiteles jónicos?. Pero tal vez entre tantos motivos posibles existe un anhelo por descubrir en su interior algún detalle que los transporte - casi como en un viaje místico - a cierto rincón en el que estuvieron personajes encumbrados o se gestó un hecho memorable. Este es uno de los recursos para revivir otras épocas: el contacto con el ámbito donde sucedieron los acontecimientos.

El Tango, parte innegable de la cultura de Buenos Aires, también estuvo y está presente en el Tortoni. Si bien, desde fines del siglo XIX, la nueva expresión musical fue abriéndose paso desde los suburbios para afincarse en el corazón de la ciudad, haciendo suyo principalmente el espacio de la calle Corrientes; coincidentemente con la génesis del nuevo ritmo se inauguraba la Avenida de Mayo en 1894, la que también le haría un lugar en sus concurridos locales.

El Tortoni, cuyo dueño por entonces era Monsieur Celestin Curutchet, tenía entrada por la calle Rivadavia. Las obras de modernización urbana le dieron la posibilidad de tener otra puerta de acceso por la nueva avenida. Aunque desde sus comienzos esta arteria adquirió una gran influencia hispánica tanto en su arquitectura como en sus manifestaciones artísticas, en sus cafés, peñas y teatros el tango tendría una notable aceptación y difusión. Como no podía ser de otra manera, su ídolo máximo, Carlos Gardel, como veremos, transitó el Tortoni.

Con el don de su garganta privilegiada y un estilo tan particular ”el zorzal criollo” sedujo a multitudes, captando también la atención de un público selecto, habituado a la llamada "música culta”. Esta amplia aceptación fue posible, entre otros aspectos, por su voz de barítono, que para algunos especialistas poseía las virtudes de “un cantante de cámara”.

En todo caso su entonación, naturalmente perfecta y espectacular, se fue enriqueciendo con variados matices y ornamentos incorporados en su juventud a través del contacto con intérpretes tan diversos como payadores y cantantes de ópera. Al parecer, esa fusión ocurrió en sus periplos entre decorados y bastidores de teatros, cuando oficiaba de utilero, y a su pertenencia a una “claque” en las actuaciones de cantantes líricos. Se le atribuyen varias anécdotas en las que aparece imitando a grandes figuras de la ópera como al tenor napolitano Enrico Caruso, al barítono Titta Ruffo, etc. Ciertamente su cantar era parte de una gran personalidad que combinaba técnica, presencia, donaire y elegancia. Sólo un artista cautivante con esas extraordinarias condiciones interpretativas pudo llegar profundamente a la sensibilidad de todo público y ser admirado en muy distintos medios, en diferentes países y culturas.

Sabido es que Gardel, en sus primeros tiempos, fue invitado por poderosos caudillos políticos a reuniones multitudinarias, sin embargo, se fue ganando el fervor popular desplegando su talento en las permanentes actuaciones en cafés, teatros y finalmente en el cine. También sería convocado a distinguidas recepciones o veladas aristocráticas en torno de grandes personalidades, tanto en la Argentina como en el exterior. Fueron célebres sus presentaciones ante figuras de renombre, algunas de ellas obtendrían el premio Nobel de literatura: Jacinto Benavente y Luigi Pirandello, otras, intelectuales de la talla de Ortega y Gasset o famosos del séptimo arte como Charles Chaplin. No faltaron las lujosas fiestas privadas con miembros de la realeza europea, por ejemplo, los homenajes al Príncipe de Piamonte, Humberto de Saboya o Eduardo de Windsor, Príncipe de Gales.

Efectivamente, en una recepción a Jacinto Benavente cantaron Carlos Gardel y José Razzano. El dramaturgo español, en gira por el continente americano, había llegado a Buenos Aires a mediados de 1922 y se presentaba en el teatro Avenida. Ciertos seguidores y detallistas de la vida del cantante aseguran que aquel encuentro en honor a Don Jacinto, y en el que el dúo finalizó con la canción “Mano a Mano”, se habría producido en el Café Tortoni.

No obstante, la más trascendente participación de Gardel en el Tortoni, y suficientemente documentada, fue en ocasión de brindársele un homenaje a Luigi Pirandello. El famoso dramaturgo siciliano había arribado a la Dársena Norte del puerto de Buenos Aires en el barco “Re Vittorio”, horas antes de debutar con su Compañía en el Teatro Odeón el 15 de Junio de 1927, cuando presentó su obra “Diana e La Tuda”. Días después fue invitado a un agasajo en el subsuelo del Tortoni, donde funcionaba “La Peña”, que a un año de su fundación ya era reconocida como un “prestigioso cenáculo artístico”. En la madrugada del día 26 de ese mes, en la antigua Bodega del café, Pirandello, próximo a cumplir los 60 años, pudo deleitarse con la actuación del “Morocho del Abasto”.

La velada comenzó varias horas antes, en la noche del 25. Las crónicas de la época informan que hubo numeroso público, especialmente gente de las artes y las letras que concurrieron a la anunciada fiesta. Precediendo la llegada del agasajado ejecutó tres piezas clásicas el pianista Herberto Paz, recitó el poeta Soler Darás, cantó Antonieta Silveyra de Lenhardson - quien años después sería renombrada cantante del Teatro Colón - y María Suasnábar interpretó al piano motivos folklóricos. Relató varias fábulas el Sr. Carlos Prina y el poeta Enrique Méndez Calzada - colaborador en el diario “La Nación” y en “Caras y Caretas”- realizó una “charla humorística muy festejada”. Más tarde el barítono ruso Gregorio Scetloff cantó dos composiciones populares.

La llegada de Pirandello se produjo poco después de la media noche, al concluir su función en el Teatro Odeón. Ingresó al Tortoni, en medio de calurosas manifestaciones de afecto, acompañado por parte de su elenco: la primera actriz Marta Abba (además de amante, musa inspiradora del escritor), la actriz Tiziana Malaberti, los actores Lamberto Picasso y Piero Carnabucci y el empresario teatral Sr. Alzati.

El notable caballero, oriundo de Agrigento y mundialmente admirado, se sumergió con sus acompañantes en el recinto del subsuelo del café. Las luces iluminaban tenuemente la “tez mate, ligeramente apergaminada” de este hombre de estatura mediana, extrema delgadez y andar “silencioso y escurridizo”.

La bienvenida al futuro premio Nobel de Literatura (1934) estuvo a cargo del narrador y dramaturgo Roberto Mariani, en nombre de la “junta ejecutiva de La Peña”, este intelectual vanguardista, que fuera redactor del diario Crítica, presentó al invitado de honor con “breves palabras” y “oportunos términos” comenzando el acto especialmente preparado y que contaba también con la presencia del pintor Quinquela Martín.

Antonieta Silveyra de Lenhardson, acompañada al piano por Herberto Paz, esta vez cantó dos composiciones de López Buchardo y Julia Puigdéngolas con Pedro Jiménez, secundados por el “dúo criollo” Gómez - Marino ejecutaron “danzas autóctonas”.

Como broche final se presentó Carlos Gardel, acompañado por sus guitarristas Guillermo Desiderio Barbieri y José Ricardo, interpretando: Mi noche Triste, Rosas de Otoño y Senda Florida. Los temas fueron excelentemente recibidos por Pirandello, quien escuchó con suma atención al “estilista” en aquellas “canciones populares porteñas y pampeanas”, temas así definidos por los diarios de la época.

Al parecer, sin desmedro de los otros números artísticos, fue esta parte del espectáculo la que pareció disfrutar más el ilustre invitado. “Discreto y humilde”, de “parcos ademanes” y “sonrisa leve y melancólica”, se sensibilizó notablemente con la inigualable voz y el arte escénico de Gardel. Aseguran, algunos autores, rememorando esa noche, que hubo una singular expresión de admiración en el rostro del literato italiano al escuchar al cantante argentino que desbordaba vitalidad, y que en ese entonces contaba con treinta y siete años y una carrera artística en pleno ascenso.

Al finalizar su actuación Gardel y sus guitarristas debieron retirarse para hacer frente a otros compromisos. Finalmente interpretaron Marta Abba y Lamberto Picasso una escena de la comedia dramática de Pirandello “Il placere dell’onestá”, que fue muy aplaudida. Mientras las agujas del reloj rondaban las dos la madrugada cerró el acto el dramaturgo homenajeado con breves palabras de agradecimiento a los artistas argentinos. También la prensa italiana se haría eco de este acontecimiento cultural mencionando, a tal efecto, las “canzoni popolari di Carlo Gardel”.

Con el tiempo pasaron innumerables voces y orquestas tangueras por la Bodega y por el Palco del salón principal del café, pero es necesario recordar un hecho de importancia en la historia del Tango, ocurrido también en el ámbito del Tortoni: en su subsuelo, a principios de 1932 debutó “La Orquesta Porteña” de Juan de Dios Filiberto, interpretando “Malevaje”.

El paso de Carlitos Gardel por el Tortoni ha sido mencionado en las estrofas del tango “Viejo Tortoni”, con letra de Héctor Negro y música de Eladia Blázquez, en el que un verso destila una ilusión: “Se me hace que escucho la voz de Carlitos, desde esta Bodega que vuelve a vivir”.

Si levantamos la vista hacia la izquierda de la puerta de ingreso al Tortoni, por Avenida de Mayo, observamos un fileteado que lleva la firma de Theodil-Deneu: sobre un fondo negro, con dibujos en distintos matices de ocre, emerge la figura del cantante sonriente y con sombrero. Las letras grises y bordó de un texto que juega con la relación Tortoni -Gardel- Buenos Aires sentencian: “CAFÉ TORTONI - PORTEÑO COMO CARLITOS”.

Ya en el interior del café encontramos otras tres obras dedicadas al Zorzal. En el salón principal existe una carbonilla de 1947, cuyo autor es Angel Fadul: se observa al cantante de tres cuartos de perfil y con el nudo de su corbata ligeramente flojo, hacia un costado. Un dibujo fechado en 1985, obra del Dr. Luis Alposta, miembro de la Academia Nacional del Tango y de la Academia Porteña del Lunfardo, representa espléndidamente, en ligeros y simples trazos, la imagen inconfundible del rostro de Gardel esbozando su eterna sonrisa; debajo lleva escrito con letra cursiva el fragmento de un tango “... Cuando se eleva tu canto, como se aclara la vida...” Finalmente, un busto de bronce, obra del escultor y orfebre catalán A.Sabaté Oliver, nos ofrece un Gardel otra vez sonriente y con sombrero.

Carlos Gardel y el Café Tortoni, el representante máximo del tango y el más famoso café de la ciudad, son dos íconos entrañables de Buenos Aires que, además, afortunadamente coincidieron en un tiempo. Un lugar y un ídolo popular que dejaron su impronta en esta hermosa ciudad, a la que caracterizan y enriquecen con sus valiosas historias.

Carlos Szwarcer.
Artículo publicado en “Buenos Aires Cultural”. Año 8 Nº 96. Pág.19 a 21. Setiembre de 2003 Bs. As. Argentina.
--------------------------------------------