jueves, 8 de diciembre de 2005

Leche de Cabra

Por Carlos Szwarcer

Haim no dejó muy buenos recuerdos en su descendencia. Su porte marcial acompañado de un gesto severo cimentaron una imagen fuerte y autoritaria. Espesos bigotes le ocultaban cualquier esbozo de sonrisa que acaso alguna inaudita circunstancia le pudiera provocar. Había nacido en 1876 en el Imperio Otomano y es posible que su paso por el ejército y la policía definieran esa personalidad por la que sus familiares le tuvieron más temor que respeto. A los veinticinco años se casó con Regina, de apenas quince, con quien tuvo cinco hijos. Ella aportaría la cuota de dulzura necesaria y las bases para que en su hogar se conservara muy bien la tradición sefaradí, el legado de sus ancestros judeo-españoles.

Pero la joven tenía los días contados. Eran tiempos en los que morir era muy fácil. La parca la visitó en la flor de la vida, a los escasos treinta y cinco años, en 1920, pocos días después de dar a luz a Isaac. El desconsuelo echó una sombra de tristeza sobre sus hijos. La idea de abandonar Izmir (Esmirna), la ciudad en la que habían nacido, pasó al terreno de la necesidad imperiosa. Nada volvería a ser como antes, la invasión griega, apenas finalizada la Primera Guerra, los empujó a la pobreza. La dolorosa decisión de partir, siguiendo los pasos del hermano mayor, fue tomada. Lo hicieron por etapas.

Sara, íntima amiga de Regina, era una viuda que no había tenido hijos. Frecuentó la humilde casa del barrio hebreo durante muchísimos años y allí vio crecer a cuatro de los vástagos del matrimonio. Por soledad, compasión, o tal vez amor, a tres meses de desaparecer su entrañable compañera del alma, se casó con Haim. Prontamente pasó de viuda a madre, creyendo que hacerse cargo de la prole no le traería complicaciones, pero el más pequeño, algo enfermizo, requirió de toda la atención de esta menuda señora “de gran corazón”. Criar a Isaquito exigió un esfuerzo colosal. Todos los días saldría a buscarle leche de cabra porque el niño no digería bien la de vaca.

Su llegada a Buenos Aires en 1933 - con Haim y el benjamín - cerró un ciclo que la mujer inició con la esperanza de rehacer su vida. En trece años se trasladó a América el núcleo familiar desde la antigua e intrincada judería esmirlí a la pujante capital de la República Argentina. Se desconoce si quedó algún pariente directo de esta rama sefaradí en Turquía, aunque parece poco probable.

El vértigo de la ciudad porteña desubicó el estilo de vida provinciano de Sara que se sintió rara, tanto que difícilmente salía a la calle. Se aisló en la imperturbable seguridad de su pieza; a lo sumo la convencían, muy de vez en cuando, de ir a visitar a algún pariente. Solía tejer paños con dos pequeñas agujas, sentada sobre el almohadón beige de su silla de esterillas barnizadas, cerca del ventanal que daba a la calle. Se rodeaba de decenas de papeles de diario, en un obsesivo intento por evitar que las pisadas le ensuciaran el piso encerado. Su manía por la limpieza creció en la medida que no supo qué hacer con su vida. Fueron casándose los hijos y su vejez pasó de monótona a baldía. En el otoño de 1957 murió Haim, a los ochenta y un años. El velorio fue en esa pieza del inquilinato, el mismo en el que cuatro décadas antes, a principios del siglo XX, estuviera el primer templo sefaradí del barrio de Villa Crespo, en Gurruchaga al 400.

La segunda viudez de Sara aceleró su ocaso. Una vez por mes le llevaban algo de dinero sus hijastros. Vio transcurrir desde la ventana las horas, los días, los años. Los pibes que hubiera jurado que hacía un rato jugaban a la pelota en la vereda ya se habían casado. Fue perdiendo la vista, el oído y los pocos restos de energía. Enmarañada la conciencia, amotinados sus reflejos, fue alejándose de la realidad. El presente y el pasado se le mezclaron y fueron partes de una misma dimensión.

A comienzo de los años sesenta iba con mi madre a visitar a aquella anciana enclaustrada, enferma y muy arrugada, a esa pieza que ya, por entonces, lucía muy diferente. Mientras caminábamos hacia su cama el viejo piso de madera crujía reseco a punto de quebrarse. Sólo un equilibrio casi circense podía evitar que metiéramos nuestros pies entre los gajos abiertos que dejaban algunos listones rotos. Olfateé un espeso y desagradable tufo a humedad. Inspeccioné con aprehensión los muebles, generosamente antiguos y polvorientos. Algunos recodos quedaban parcialmente ocultos por pequeñas telarañas. Ese estado de abandono extrañamente contrastaba con los blanquísimos crochetes que cubrían los vidrios de la puerta de entrada y la mesa; se me antojó pensar que alguien los hubiera colocado recientemente.

En ese cuarto de techos altísimos la luz ingresaba mezquina por algunos resquicios de los postigos del cerrado ventanal que daba a la calle; los opacos espejos de una elevada vitrina devolvían fragmentos de agazapados y sombríos perfiles. Sara tenía la cabeza apoyada en el almohadón, ligeramente caída a un costado; su rostro aceitunado y cubierto de surcos dejaba escapar tan sólo un leve rastro de vida por los ojos apenas entreabiertos. Percibió nuestra presencia. Comenzó a hablarle a mi madre, que inclinada le acariciaba suavemente la mano. Nunca supe si se dirigía a ella, en la repetición acompasada de “¿Eres tú...Regina?, o a su amiga, mi bisabuela fallecida en Izmir. Recuerdo su débil balbucear deshilando, esforzadamente, imprecisas palabras anudadas a una alegre canción que escuché de niño, cadencia que ahora sonaba sumergida en un mar de tonos acongojados. Esa triste mañana quedó grabada en mis ojos y en mi corazón.

Volvería a visitarla. Asistiría al lamentable espectáculo de un espectro hedido y abandonado que terminaría sus penosos y sumisos días en un asilo de la localidad de Burzaco, en la Provincia de Buenos Aires. Hasta allí llegué una tarde acompañando a mi tío Isaac, el mismo que de bebé salvó su vida gracias al sacrificio de aquella madrastra en la lejana Turquía. Parecía sentirse en deuda con esa mujer postrada que ocupó por mucho tiempo el lugar de buena madre.

Sin embargo, Sara tuvo destino de olvido. Su tenue luz, apagándose irremediablemente, fue estrujando recuerdos a través de los laberintos de una profunda historia, y acaso en aquellas remembranzas pudo encontrar, entre tanta fragilidad y abnegación, algunos momentos de felicidad. Por fin volvió a rozarle las mejillas la brisa tibia de la exquisita primavera en el verdor del monte Pagus, cuando divisaba desde las alturas las casitas de techos rojos que le encantaban, y las azules aguas del Golfo de Izmir llegando mansas hasta la rambla, entretanto conversaba con su eterna amiga Regina, y las risas acudieron de un lejanísimo verano cuando juntas cantaban pícaros romances sefaradíes. “¿Regina eres tú Kirida... eres tú kirida amiga?”, repetía una y otra vez. Así fue menguando su cuerpo, enmudeciendo el murmullo, extinguiéndose, sigilosa e indescifrable, su sencilla y austera humanidad. Redimido a la hora perfecta alzó vuelo su espíritu y, atravesando fugaz otro enigmático océano, consumó el postrero retorno a su primera morada.

Carlos Szwarcer
Publicado en “Los Muestros” Nº 61. Diciembre de 2005. Bruselas. Bélgica.

lunes, 13 de junio de 2005

LOS BOIOS DE SIMBUL


Los Boios de Simbul
Dibujo de Horacio Spinetto para la publicación de
"Los Boios de Simbul" en "Los Muestros".
por Carlos Szwarcer


Simbul, mujer pequeña y esmirriada, ese invierno arrastraba minuciosamente sus setenta y tantos años por las gastadas y frías baldosas del inquilinato. Había nacido en Izmir, la antiquísima ciudad del Asia Menor. Los avatares de la vida la habían traído a Buenos Aires cuando era una hermosa joven de veinte.

El tiempo no pasa en vano solía pensar cada mañana. "¿Adió, adió cualo es ésto?" (1) se decía en tanto observaba la imagen borrosa que le devolvía el espejo redondo de la pared descascarada del patio. Apretaba su rodete canoso y aquel rostro arrugado como un pergamino milenario gesticulaba resignación en un rictus lúgubre, cotidiano.

El ruido metálico y estridente de los frenos del tranvía 89 le avisaba la llegada de Mushiko, su sobrino, que dejaba estacionada unos pocos minutos la mole repleta de gente frente a la casa de su tía. Ella le tenía preparado su desayuno express, criollo-sefaradí: el infaltable mate amargo acompañado de un par de mulupitas (2). La anciana le espetaba un cariñoso "meoio que te mande el Dió" (3) creyendo liberarse de su complicidad con la supina irresponsabilidad laboral de su pariente.

Luego de aquella súplica salvífica, Mushiko, con la última chupada de bombilla, media mulupita en la mano y la otra mitad mascándola todavía, le contestaba: "saludosa que estés... tía". Y un tanto agitado bajaba de a tres peldaños la escalera medio desvencijada cuando le llegaba el lejano "berajá i salú" (4) de la añosa mujer apoyada en la baranda.

Los tres a cuatro minutos de protestas y gritos de los perjudicados pasajeros se acallaban cuando el insensato "motorman" ponía en marcha otra vez el vehículo. En tanto terminaba de comer displicentemente los restos de la galletita, recibía de los pasajeros los últimos: "atorrante", "mascalzone" (5), "papanata" o "Aide... masalbasho... que te vó a dar un shamar" (6)

Las tres hijas de Simbul se casaron, su marido había tenido una muerte absurda y su sobrino sentó cabeza al formar pareja y trasladarse a Montevideo. Vivía sola y cada tanto, cuando la artritis se lo permitía, se entretenía haciendo alguna comida sefaradí que yo de pequeño alcancé a degustar. Sus "boios" (7) habían sido célebres y una tarde le aseguré: -¡boios como los tuyos, tía Simbul, no hay ni habrán! Su rostro se transformó. Esa mujer sí que supo del arte culinario. Como buena dyudía había aprendido puntillosamente las recetas ancestrales que por décadas agradaron a su familia.

Un día, detrás de una puerta escuché que esta lejana pariente, a la que yo llamaba tía, había logrado casar a una de sus hijas gracias a una "poción" que le hizo tomar al desprevenido novio y que, además, curaba ciertas enfermedades con cenizas de muertos mezclándolas en comidas o bebidas. Quedé perplejo y con cierta aprehensión por aquella escuálida figura que en sus últimos años vestía de negro absoluto. Juré no comer más, por las dudas, ninguna de sus exquisiteces.

Hacía mucho tiempo que no veía a mi entrañable tía Simbul, pero una tarde desde el local donde yo trabajaba, súbitamente escucho un tenue pregón que llegaba desde la calle; la voz añeja y apagada repetía con insistencia y cada vez más cerca: "¡... aquí traje los boícos para Carlicos... boicos para Carlicos... !"

Tragué saliva y salí a la vereda. Vi a la pobre vieja lánguida, medio extenuada. Había llegado caminando, o más bien arrastrando su ligera humanidad las cuatro largas e interminables cuadras que separaban su casa de mi trabajo. Dejé mis estúpidos escrúpulos de lado invadido por un halo de ternura. Sabía que hacía muchísimo que no cocinaba casi nada, que apenas si calentaba algunas simplezas para mantener su frágil cuerpo en pie y casi no salía a la calle. ¿Qué le ocurrió ese día? Me sonrió y miró a los ojos como nunca antes. Creí, convencido, que su presencia tenía un profundo significado, y no me equivocaba. Levantó el plato con tres boios de verdura tapados con una servilleta anudada y m e lo dio como quien entrega algo muy preciad o diciéndome a media voz

- ¡Carlicos... los boicos! Apenas pude responderle - ¡Gracias tía! Le di un beso en su mejilla magra y ahuecada y acaricié unos instantes su canoso rodete. Me sonrió y fue desandando el camino mientras repetía – ¡Berajá y salú! Compartí los boios con mi padre y me quedé frente al plato de loza vacío pensando tantas cosas. Pocos días después me enteré que la tía Simbul había pasado serenamente a mejor vida. Somos apenas un soplo entre costumbres, tradiciones, verdades, mentiras, razones y supersticiones. Siempre recordaré el último gesto que tuvo hacia mí la tía Simbul. Matrona sefaradí. "Muyer" (8) que comenzó sus días en la Izmir de fines del siglo XIX pero que en realidad tenía quince, veinte siglos o más. Es que en ella estaban sus ancestros de Sefarad (9). La tradición nos lleva tan lejos en el tiempo. Y Simbul pervive en la memoria.

Tarde, pero seguro uno comprende que sus "boios", "mulupitas" o "trabados"(10) eran sólo una excusa para reunir a la familia a través de las texturas, gustos y olores de aquellos manjares orientales fatigosamente elaborados, para complacer, para mimar, para festejar la vida. Aún hoy, cada vez que saboreo un boio de verdura evoco con especial cariño a mi dulce, querida y sorprendente tía Simbul.


Notas:

1) ¿Qué es ésto?. En este caso como expresión de desagrado.
2) Galletita redonda
3) Inteligencia, cerebro te envíe Dios.
4) Bendición para las comidas.
5) Insulto en italiano
6) Aide: vamos. Masalbasho: mal hombre, de baja estofa. Shamar: cachetazo , golpe.
7) Comida. Especie de empanada redonda de hojaldre, rellena indistintamente de verdura, queso, berenjena, etc.
8) Mujer.
9) España.
10)Un tipo de dulce, similar a una diminuta empanada, con relleno de nueces trituradas.


Carlos Szwarcer
Publicado en "Los Muestros" Nº 59. Junio de 2005. Bruselas. Bélgica.

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martes, 22 de marzo de 2005

Gurruchaga entre Izmir y Sefarad

Por Carlos Szwarcer

Una calle de Villa Crespo que enriqueció la diversidad propia del Buenos Aires cosmopolita


Durante el periodo 1890 a 1930 las dársenas del puerto de Buenos Aires fueron testigo de la llegada de animosos sefaradíes del antiguo Imperio Otomano. Los pioneros de este movimiento de masas fueron pequeños grupos llegados a fines del siglo XIX desde el norte de África y luego acudirían cantidades crecientes del Mediterráneo Oriental. Muchísimos de ellos ingresaron con pasaporte de Turquía, lo que dio lugar a que denominaran "turcos" a minorías étnicas de muy diferentes orígenes: sefaradíes, griegos, armenios, sirio-libaneses, etcétera, que además profesaban distintas religiones: islamismo, cristianismo o judaísmo. Si analizamos a los sefaradíes, de acuerdo a los censos, el mayor volumen de inmigrantes corresponde a los que partieron de dos regiones: Asia Menor, especialmente de Esmirna, de habla djudezmo (denominado indistintamente ladino, judeoespañol, castellano antiguo, espanyol, españolit, etc.) y de Siria: Damasco y Alepo, de habla árabe.

Villa Crespo y la diversidad cultural

Estos "turcos" prontamente se ubicaron en un rectángulo adyacente al puerto de Buenos Aires conformado por varias manzanas a lo largo de las calles Reconquista y 25 de Mayo y delimitado, aproximadamente, por las calles Corrientes y Paraguay, a pocas cuadras de Plaza de Mayo donde se levanta la Casa Rosada, sede del Gobierno Nacional, y en barriadas periféricas no muy lejos del Riachuelo (1) . Los sefaradíes de habla española tuvieron sus primeras instituciones en el sector céntrico y en 1905 fundaron su primer Templo en la calle 25 de Mayo; tres años después crearon La Comisión de Damas "El Socorro", de ayuda a los más necesitados.
La evolución del área céntrica provocaría el encarecimiento de las propiedades y alquileres, razón por la cual se hizo necesario buscar sitios más económicos. Interesa aquí destacar que una de las características de la comunidad judeo-española fue que, aún teniendo en común el idioma, se agruparon por barrios de acuerdo a las regiones de las que provenían.
En general, los emigrados de Turquía y los Balcanes se fueron concentrando en Villa Crespo, distante unos cinco o seis kilómetros del centro, dentro de la misma ciudad, donde ya había un conglomerado importante de judíos asquenazíes conviviendo con los primeros pobladores criollos, italianos y españoles. También se establecieron en los barrios de Constitución, Once, Flores, Floresta, Colegiales, Belgrano, etcétera.
Villa Crespo pertenecía en sus inicios al ámbito del arrabal; hacia 1880 existía como extensos pastizales anegadizos que incluían unas pocas y dispersas quintas. A mediados de esa década llegaría la Fábrica Nacional de Calzado que originalmente estuvo ubicada en el centro de la ciudad y vio conveniente la adquisición de unas 30 hectáreas en esta zona prácticamente despoblada, con terrenos baratos y un arroyo próximo, el Maldonado, útil para arrojar los deshechos industriales. Su gerente, Salvador Benedit, daría impulso al lugar con esta industria en franca expansión que respondía a la formidable demanda de calzado derivada del vertiginoso aumento de población. Este significativo "polo de atracción" para quienes buscaban empleo favoreció y caracterizó la conformación del nuevo barrio cuya denominación proviene del apellido del Intendente (alcalde) de la Ciudad de Buenos Aires, Antonio Crespo, quien en 1887 apadrinó la inauguración de la mencionada empresa participando en la colocación de la piedra fundamental.
Primero alojaron a los empleados en sus edificios, luego en una gran casa de inquilinato construida a tal fin, conocida como conventillo El Nacional (2) a metros de sus oficinas centrales, y en la medida que fue haciéndose necesario se impulsaron loteos para la compra a crédito de pequeños terrenos para la edificación de casas obreras. Sin embargo, en los años siguientes este proceso derivó en la aparición, en torno al núcleo fabril fundacional, de pequeños inquilinatos que albergaron a varias familias. De tal forma el barrio fue creciendo y afianzándose con una variada población que llegaba ansiosa buscando un mejor futuro.
Alberto Vacarezza se inspiraría en el conventillo El Nacional de Villa Crespo para su célebre sainete "El Conventillo de La Paloma" que, estrenado en 1929 y con un éxito inusitado –más de mil representaciones–, exhibió en escena los nuevos arquetipos que en él coexistían: el tano (italiano), el gallego (español), el ruso (judío asquenazí), el turco (judío sefardí y otras etnias procedentes del Imperio Otomano), etc.
Según el censo de 1936 de los 2.415.142 habitantes de la Capital Federal 120.000 eran de origen judío (5%) y de éstos unos treinta mil (25%) vivían en Villa Crespo. Esta inmigración provenía en un 87% de Europa Oriental y en menor medida de Europa Central (judíos asquenazíes de habla idish). El resto (13% aproximadamente), llamados sefaradíes, llegaron sobre todo de Siria y Líbano (habla: árabe) y Turquía (habla: "djudezmo"); otros grupos de menor proporción arribaron de Palestina, Egipto, Grecia, Bulgaria, Marruecos, España y Portugal, que hablaban tanto árabe y djudezmo como español moderno.
A la luz de estos guarismos es claro que, luego de la etapa fundacional, la barriada pasó a un segundo momento enmarcado por un sostenido crecimiento poblacional, coincidente con la llegada de las migraciones señaladas y que, una vez pasado este período, quedó consolidada una importante presencia judía. No obstante, estuvo muy lejos de conformarse un gueto por cuanto la diversidad fue construyendo un singular espacio de riqueza cultural poco frecuente en otros lados. Aún así, Villa Crespo ha sido mencionado como "barrio hebreo".
A la etapa inicial del arrabal, las casas humildes, el tango y los "compadritos" (3), se le sumó el aporte judío que hizo más heterogéneo el espacio social, cambios que lamentaron algunos sectores, pese a que estas transformaciones, por inevitables, finalmente no fueron resistidas. Una de las estrofas de un tango de Alfredo Tagle Lara se hizo eco del tránsito hacia lo diverso y la nostalgia por los tiempos idos poniendo en boca del "guapo Requena", un personaje que por sus fechorías estuvo largo tiempo en la cárcel y vuelve a su hogar:
 
 Ya no sos el Villa Crespo de otros tiempos
cuando el Títere, Olegario, Pata ‘e Palo y Almanzor
te bordaron de delitos un pañuelo
que hoy un pueblo de judíos te ha arrancado sin temor.


Leopoldo Marechal, escritor que, tal vez, escuchó el susurro de musas diferentes, describió en su obra La batalla de José Luna: "Entre las mil ciudades que abajo (en la tierra) perfuman el éter con el humo de sus chimeneas existe una: se llama Buenos Aires. ¿Es mejor o peor que otras? Ni mejor ni peor. Sin embargo, los hombres han construido allí un barrio inefable, que responde al nombre de Villa Crespo"(4).

La calle Gurruchaga de ayer

Esta calle del corazón geográfico de Buenos Aires fue denominada durante el último cuarto del siglo XIX: 46 A, Segurola, Segunda Serrano y finalmente, por ordenanza del año 1887 y hasta la actualidad, Gurruchaga; recibe su nombre en recuerdo de Francisco de Gurruchaga (1766-1846), jurisconsulto, organizador de la primera escuadra argentina y diputado.
Escenario de las transformaciones iniciales del barrio y uno de sus ejes principales en el desarrollo del mismo, esta calle cumplió un papel sustancial: como partícipe del núcleo fundacional –sobre ella y sus proximidades se instalaron la Fábrica Nacional de Calzado (1888), la Iglesia San Bernardo, cuya primitiva capilla fue habilitada en 1896, la curtiembre La Federal (1901), una plaza– y en una segunda etapa, como hito de una gran diversidad cultural que devino en una dinámica y respetuosa relación entre criollos e inmigrantes; entre estos últimos los llegados del Mediterráneo Oriental le dieron al lugar características particulares, convirtiéndolo en epicentro judeo-español.
Como hemos dicho, a los primeros pobladores se le agregaron tempranamente los judíos asquenazíes y a comienzos del siglo xx fueron apareciendo sus hermanos de religión, los sefaradíes: "El té con limón, el cortado en vaso o la grapa se consumían a la espera de los ‘varenikes’ del mediodía. La nostalgia de Varsovia quedaba así, un poco más disipada. Si Corrientes (ex Triunvirato), era la calle que nucleaba a los ashkenazíes, Gurruchaga se hizo famosa porque en ella asentó sus lares la inmigración sefaradí de habla castellana..." quedando transformada "en un colorido sainete de Vacarezza"(5).
En verdad, la armonía entre las distintas colectividades fue un hecho común recordado por muchos testimonios que confirman el buen trato entre ellas. Compartían algunos momentos del día en comedores y patios, cumpleaños e inclusive fiestas religiosas; así los judíos invitaban a sus mesas a vecinos cristianos y viceversa (6). No era extraña pues la presencia de sefaradíes en casamientos, bautismos o comuniones ni la de "gentiles" en los Berit-Milá, Bar-Mitzvá o durante la lectura de la Ketubá. Los niños correteaban y jugaban por las veredas y los adolescentes se reunían y compartían aventuras, sin importarles demasiado a los padres del vecindario la condición social o la fe religiosa de los amigos de sus hijos. Reafirmando esta relación amistosa un descendiente de un pionero sefaradí recuerda que su abuelo, conspicuo integrante de dicha comunidad villacrespense, en los primeros años del siglo pasado se acercaba periódicamente hasta la Iglesia San Bernardo para encontrarse con el párroco, con el que cambiaban opiniones sobre versículos del Antiguo Testamento, en un franco y ameno diálogo entre diferentes credos.
A pesar de la gran cantidad de testimonios en sintonía con la percepción de un pasado ideal, con sobrados visos de realidad, sería absurdo suponer que las relaciones sociales se dieran en un permanente "lecho de rosas". De hecho, algunas actitudes de recelo, desconfianza, prejuicio o discriminación aparecieron esporádicamente entre las distintas comunidades del barrio; representaban resabios de substratos culturales apegados a diversos imaginarios colectivos, pero esos casos aislados no llegaron a tener entidad suficiente como para inquietar lo que pareció ser una regla general, moralmente aún más elevada que la tolerancia: la aceptación del otro, del diferente.
Las primeras ceremonias religiosas sefaradíes se realizaron en un incómodo altillo, hasta que en 1914 fundaron el primer templo sefaradí del barrio en una sala del inquilinato de Gurruchaga Nº 421: el "Kahal Kadosh y Talmud Torá La Hermandad Sefaradí", lo que favoreció la concentración de los nuevos contingentes de iguales tradiciones. Asimismo, a fines de esa década, se compraron a pocos metros, sobre la calle transversal, Camargo, terrenos que a posteriori servirían para la construcción del Gran Templo Sefaradí y de un dispensario.
Movimiento, variedad, aromas, voces y melodías convirtieron a Gurruchaga en un remedo pintoresco de una calleja de Esmirna. Los relatos de sus antiguos moradores la evocan como "peatonal, una feria, un mercado persa" donde "la gente iba de aquí para allá", "en paz, sin odios". Fue paso ineludible de los vendedores ambulantes que acaparaban sus veredas con sus "tavás" y "pailones" (7) desbordantes de comidas típicas (baclavá, kadaif, reshas, mulupitas, boios, burekitas, sham malí) (8), canastas con semillas de girasol o zapallo, almendras saladas o los braseros para asar las castañas, todo ello como parte de un exótico paisaje para quien fuera ajeno al barrio. El vendedor de yogurt casero zigzagueaba con su bandejón entre el gentío camino a su clientela de los inquilinatos, cruzándose con el zapatero remendón que cargaba su caja de herramientas sobre la espalda. Los cuénteniks –vendedores domiciliarios a plazos– llevaban medio encorvados sus mercancías (bultos de ropa, sábanas, colchones y los más variados enseres) y los carros tirados por caballos arrimaban sus ruedas de madera a los cordones para ofrecer sandías y melones. Viejas y matronas seguían los movimientos desde las ventanas o sentadas en sus pequeños banquitos en la vereda, escudriñaban a sus "hiyos" que correteaban o jugaban al fútbol con una cáscara de mandarina reseca y enroscada. En Gurruchaga se daba esta mezcolanza donde la exaltación de la vida adquiría su máxima expresión (9).
Entre los cafés que florecieron a la vera de su adoquinado se mencionan el Franco, el Oriente, el de Danón, pero el que dejó la más profunda de las huellas en la memoria colectiva fue el mágico y mítico Café y Bar Izmir, en el Nº 432. Este local abierto en los años ’30 fue el más popular por su ambiente, comidas y festivas "nochadas" en los tiempos en que su anfitrión fuera Don Rafael "Alejandro" Alboger, sefaradí, oriundo de Izmir, quien lo regenteó durante su esplendor, desde 1940 hasta 1965, cuando fallece; a partir de entonces permanecieron al frente del mismo sus yernos, hasta fines de esa década.
Los habitués, varones sefaradíes-izmirlíes, en su mayoría, se entretenían allí jugando a las cartas (loba o pastra), el table (similar al backgamon), charlaban entre ellos y con griegos y armenios, tanto en djudezmo como en turco (idioma en común dentro del Imperio Otomano), todos ellos se solazaban en esta fascinante Babel –alquimia sorprendente vertida en las entrañas de Buenos Aires– al ritmo de la orquesta oriental y ante las sinuosas curvas de las odaliscas que danzaban al son de los chiftetellis (10), entre el humo del tabaco y de los shishes (11), el mezé (12) y el rakí (13).
Mientras, en los zaguanes, patios y habitaciones de los inquilinatos existía otro universo: el familiar, en el que la imagen de Sefarad se hacía más evidente. En sus cuartos, patios y cocinas reinaban las "muyeres". La doctora Eleonora Noga Alberti, musicóloga y estudiosa de la cultura sefaradí, nos comenta al respecto: "... como contrapartida (las mujeres sefaradíes) se reunían entre ellas y cantaban. Puede ser ese uno de los motivos por los que se conservó tan bien gran parte de la tradición. Cantaban entre ellas, en la cocina, al hacer las tareas hogareñas o para entretenerse... como los hombres salían y ellas estaban con los hijos, la mujer estaba más relacionada con ‘el romancero’; es la que mejor lo conservó, tanto las marroquíes, griegas o turcas... todas las mujeres tenían, a pesar de la imagen que a veces se hace de ellas, mucha vitalidad, una gran fuerza interior... En general el repertorio está muy ligado al ciclo de la vida, desde la parición –hay cantos para la mujer que ha dado a luz- hasta la muerte" (14).
Los dichos y refranes tan ligados también a Sefarad eran repetidos casi como un ritual, y referidos a las cosas más sencillas y cotidianas se conservaron con devoción. Pero no fue sencillo mantener el idioma medieval, que ya había recibido, además del hebreo, los aportes lingüísticos de cada región en la que estuvieron los sefaradíes. Por otra parte, el djudezmo, la lengua madre, poco alejado del castellano moderno hablado por la sociedad porteña, si bien tuvo inicialmente un importante carácter "integrador" con la vecindad, dentro de un contexto que poco lugar daba al aislamiento, las nuevas generaciones no lo fortalecieron, aunque no se perdería por completo. Quien más quien menos mantuvo, al menos parcialmente, las voces de sus antepasados.
Es preciso señalar aquí que ancianos sefaradíes del barrio y, lo que es más sugestivo, sus hijos y nietos, manifiestan una especial atracción por España. Sin desconocer o negar hechos traumáticos como, por ejemplo, los acaecidos en 1391 o 1492, la imagen idealizada de Sefarad, recurrente en los informantes, aparece como una suerte de etapa dorada o Paraíso Perdido en un tiempo remoto. El gusto por lo español se manifestó no solamente en los estilos o modismos con reminiscencias medievales sino en la atracción por el arte español contemporáneo. Numerosos sefaradíes escuchaban junto a vecinos españoles programas radiales de esta colectividad, cantaban y bailaban las canciones hispanas de moda, cantejondos, cuplés, etc. que traían los artistas peninsulares llegados a Buenos Aires. El idioma, seguramente, es una de las claves para entender la relación tan singular que une al sefaradí con lo español, es decir, a aquellos judíos que llevan también en su ser el habla de Cervantes. Ya el poeta Miguel de Unamuno aseguraba: "La sangre de mi espíritu es mi lengua, y mi patria es allí donde resuene soberano su verbo... "(15). Además, es significativo que descendientes de los sefaradíes confiesen que al pisar por primera vez tierras españolas han sentido "algo difícil de expresar"..., "llegar a España es como volver a casa". Estas experiencias tienen un fuerte contenido simbólico y de identidad. La idea del "retorno" a un lugar donde en realidad nunca se estuvo es parte de la maravillosa riqueza del patrimonio cultural intangible que nos ha llegado desde un tiempo tan lejano gracias al resguardo sistemático de la tradición y su transferencia generacional.
No cabe duda que a partir del exilio iniciado a fines del siglo xv los sefaradíes guardaron en sus corazones enormes "fragmentos" del espíritu español, atesorados como reliquias en sus nuevos hogares, y cada generación les sacó lustre rememorando una España ya inexistente, como si la hubieran conocido, como si hiciera un mes de la partida y no siglos. Pasaron cientos y cientos de calendarios y esos "fragmentos", parte del complejo rompecabezas que constituye la esencia de esta comunidad, fueron protegidos, aun inconscientemente, lo más que se pudo de todo tiempo y lugar. Y si el sefaradí pudo vivir en condiciones favorables dentro del Imperio Otomano, establecerse en forma permanente en sus ciudades, incorporar términos regionales en su viejo castellano, agregar otras exquisitas comidas a su cocina y sensuales músicas orientales en salones y bares, cinco siglos después parece casi un milagro que también perduraran tantos matices españoles –vía Mediterráneo Oriental– en las casas y habitaciones de los inquilinatos de la calle Gurruchaga. De los peculiares ámbitos construidos por los sefaradíes hispano-parlantes en tantos lugares donde vivieron, es menester no olvidar que había una vez... (y esto no es un cuento) una calle llamada Gurruchaga, la "sefaradí-izmirlí", donde un doble espejo reflejaba la imagen de Turquía, la del Karatash (16) de Esmirna, y la de las aljamas españolas, lejano resplandor de la eterna Sefarad.

La calle Gurruchaga, hoy

¿Dónde sino en Gurruchaga se hizo presente al mismo tiempo identidad y pacífica convivencia entre etnias tan diferentes, dónde el mayor despliegue y exteriorización del fulgor de esa mixtura? Gurruchaga enriqueció la diversidad cultural propia de Villa Crespo y de Buenos Aires, ciudad signada por la inmigración y el cosmopolitismo (17).
Sin embargo hoy esta arteria no es muy distinta a otras de la ciudad, incluso podría parecerse a cualquiera de Latinoamérica. ¿Qué fue del vigor de aquella policromía? ¿Por qué a comienzos del siglo XXI en sus veredas, fachadas y umbrales predomina la monotonía, el óxido y los grises? Hasta el Café y Bar Izmir, último baluarte secular sefaradí, que fuera designado "Café Notable de la Ciudad de Buenos Aires", cerró recientemente, después de siete décadas de señorío, y finalmente fue demolido en abril de 2004, a pesar de las acciones de una agrupación ciudadana por evitarlo. La ausencia de leyes eficaces para la defensa y protección de edificios representativos como el mencionado, una burocracia obstaculizadora en diversas áreas de gobierno y la penosa apatía de las instituciones de la comunidad, son algunos de los aspectos a tener en cuenta si se quiere modificar esta realidad. Si analizamos las tres últimas décadas, observamos que muchos "djidios" atenuaron parte de su herencia milenaria, influencia, acaso, de las múltiples transformaciones globales contemporáneas que impactan profundamente en el entramado cultural de toda la sociedad, en tanto no es casual que el djudezmo hace más de diez años fuera declarado por la UNESCO una de las lenguas "en peligro de extinción".
Diremos, para concluir, que después de un siglo de presencia sefaradí en Villa Crespo, aunque mucho parezca extraviado o desvanecido, hay ligeros movimientos de recuperación que subyacen y que esperamos no sean tardíos: hijos, nietos y bisnietos de aquellos primeros sefaradíes parecen querer enarbolar la bandera del recuerdo frente a cierta indiferencia de los últimos años. Las nuevas generaciones han comenzado a asumir la necesidad de rescatar y recrear su rica cultura a partir de la lengua, imágenes familiares, costumbres, canciones, dichos, refranes y sus múltiples expresiones cotidianas, para que no sólo los rituales religiosos se consagren. Pese a que las instituciones no toman cabal conciencia de la urgente necesidad de organizarse seria y eficientemente para salvaguardar su patrimonio cultural, están apareciendo voluntades que sin apoyos económicos, escasos recursos propios, pero mucha energía, coinciden en encarar la problemática actual y han decidido desempolvar tradiciones, escribir y dar a conocer sus propias vivencias de la niñez, cuando en torno a una mesa celebraban la vida junto a sus abuelos y padres; hoy se recogen testimonios, historias y anécdotas de los pocos mayores y ancianos que sobreviven, para no perder las fuentes de las que ellos abrevaron, ni los lejanos orígenes, ni su impronta porteña, para que no se eclipsen las identidades que enriquecen el género humano, para que la memoria no se convierta también en polvo cuando aun nosotros hayamos pasado. Tal vez estas acciones individuales o de pequeños grupos parezcan insuficientes y sea prematuro hablar de un renacimiento sefaradí, pero sí ha comenzado a correr un viento fresco de esperanza que sobrevuela el legado judeo-español que pervive y no se rinde, desvelo del que es testigo expectante Buenos Aires, refugio seguro de ilusiones, donde todo o casi todo es posible.
 



Notas



1 Denominación que recibe el curso inferior del río La Matanza en el tramo que establece el límite sur de la Capital Federal hasta su desembocadura en el Río de la Plata.
2 Un conventillo es un edificio estructurado a partir de un pasillo abierto donde se alinean unidades de vivienda. Sus dos entradas son por las calles Thames 139/147 y Serrano 148/156. El conventillo el Nacional debe su denominación a que fue construido por la Fábrica Nacional de Calzado.
3 Persona provocativa y pendenciera, afectada en sus maneras y su vestir.
4 Marechal, Leopoldo. La batalla de José Luna. Editorial Universitaria. Santiago de Chile. 1970.
5 Kamenszain, Tamara. "Los Barrios Judíos", Revista Plural. Nº20-21-22. Buenos Aires. 1979.
6 Szwarcer, Carlos. "Hechizo Sefaradí", Los Muestros Nº 54. Bruselas. Bélgica. 2004.
7 Recipientes (djudezmo).
8 Ver: Shaul, Moshe y otros. "El guizado sefardí", Rechetas de Komidas Sefardis. Ed. Iber Caja.1995.
9 Szwarcer, Carlos. "El Café Izmir", Todo es Historia Nº 422, Setiembre de 2002, Buenos Aires.
10 Música rítmica y sensual (bailada en el Mediterráneo Oriental).
11 Trozos de hígado o carne de cordero, al plato o en sándwich, asado al carbón.
12 Especie de aperitivo servido en pequeños platos: huevo jaminado (duro), queso blanco de cabra, aceitunas, pescado frito, pepino, etc.
13 Anís seco. A veces se le agregaban gotas de agua, quedando de aspecto lechoso, o cenizas de cigarros, para hacerlo de sabor más fuerte.
14 Fragmento de una entrevista del autor a la Dra. Eleonora Noga Alberti. Buenos Aires. Enero de 2003.
15 Unamuno, Miguel de. Fragmento del poema "La Sangre de mi Espíritu".
16 Barrio judío de la ciudad de Esmirna.
17 Szwarcer, Carlos. "El Tortoni y el Izmir –un nexo para la historia–". Cuadernos del Tortoni Nº 9. Pág.1 a 9. Buenos Aires. 2003.


 
Carlos Szwarcer
Publicado en: Raíces Nº 62. Año XIX. Marzo de 2005. Sefarad Editores. Madrid, España.

martes, 15 de marzo de 2005

LA MESA DE MIS ABUELOS

por Carlos Szwarcer

Vivíamos en el corazón de Villa Crespo, un barrio del centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires. Allí comenzaba mi infancia y los primeros pasos de mi largo camino en el intento de abordar misterios insondables que aún no sé si alcancé a comprender.

Crecí con un fuerte concepto de familia que se afirmó en las reuniones de la calle Vera 954, la casa de mis abuelos maternos Alboger - Benghiat, sefardíes nacidos en Izmir a principios del siglo pasado y llegados a la Argentina en los años ’20. En la gran mesa de su comedor, los platos siempre desbordantes, las risas contagiosas hasta el llanto de alegría, los ruidos de las copas de cristal que en cada brindis sonaban como agudas y finas campanadas. Y el primer lejaim (1) de mi abuelo Alejandro, que repetíamos en un eco interminable como entrando en un trance colectivo. Allí estábamos todos. El vigor de la prosapia y la efervescencia de la prole discurrían como en un sueño diáfano. Hubo un tiempo en que ésto fue más o menos así aunque parezca un cuento.

Sin embargo, esos dorados encuentros, esas magníficas veladas con mis abuelos, padres, tíos, hermanas y primos, me generaban un doble sentimiento, el de felicidad indescriptible y el de aflicción casi masoquista. La alegría inmensa de compartir, pero también la percepción de que mis mayores, con absoluta seguridad, algún día no estarían, y entonces... la tristeza. Pero el instinto de conservación, que no es tonto, hizo pesar más en la balanza el regocijo de ver la parentela bulliciosa, presente y rozagante.

Y de todas las fiestas celebradas en ese espacioso comedor espejado, fue Pesaj (2) la que dejó en mí la huella más profunda. Desde chico, algo simple y contundente me marcó en cada conmemoración: el significado de libertad que emanaba de su historia. Trascendió más allá de lo religioso, de la tradición o de lo simbólico, y cada año fue adquiriendo mayor dimensión.

Me aferro frecuentemente a la imagen de una familia que se encuentra en algún lugar de la memoria que hoy me parece paradisíaco, eran grandes momentos iluminados por la felicidad. Pasaron entremezclados en un carrusel interminable los Roshashaná (3), las Navidades, el Bar Mitzvá (4), los Años Nuevos, los cumpleaños o las Siete Candelas (5), pero además, irremediablemente, los midrash (6), los kadish (7) y los entierros, mientras deshojábamos los fugaces calendarios, dagas del destino.

En la casa de mis abuelos, donde transcurrió mi infancia y parte de mi adolescencia, había una vez un comedor de mosaicos jaspeados y amplios ventanales, en el centro la enorme mesa de madera labrada y lustrosa, en torno a la cual, en Pesaj, inauguré mi reflexión sobre los vastos dominios de la libertad. Los tiempos pasaron y mis tempranos presagios sobre las inevitables ausencias de mis seres más queridos se fueron cumpliendo inexorablemente. Sin embargo, tras el dolor por los que se iban, se agigantaba en mí, como por mandato divino, el recuerdo de los jubilosos tiempos idos y la certeza de que luchando por un presente digno y en libertad ayudaría a que el mundo fuera mejor para las generaciones venideras, para nuestros hijos.

Tal vez una de las más bellas consecuencias de Pesaj sea que a través de sus festejos comencé a entender algo sobre el sentido de la vida. Después me dedicaría a la solitaria indagación sobre mis orígenes y a consolidar una profunda vocación por la historia. Pesaj, al fin, me dejó la libertad como principio y la responsabilidad como modo de vida. Sirva este recuerdo en honor a las familias y sus encuentros, y a ciertas festividades que ayudan a vislumbrar las complejidades de la vida y a modificar los caminos de nuestra existencia.

Notas:

1)Del hebreo: por la vida, salud.
2)Pascua judía.
3)Año Nuevo judío.
4)Ceremonia religiosa en la que el joven asume los derechos y obligaciones, la madurez religiosa y legal. Fiesta familiar.
5)Ceremonia relacionada con el nacimiento de una niña. Es un día de fiesta familiar.
6)En la tradición judeo-española, ceremonia en el aniversario del fallecimiento de un pariente.
7)Oración leída también en el midrash.


Carlos Szwarcer
Publicado en "Los Muestros" Nº 58. Marzo de 2005. Bruselas. Bélgica.
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viernes, 10 de diciembre de 2004

Galería de fotos 01


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Conferencia en el "Café Tortoni".
Horacio Spinetto, Carlos Szwarcer y Lily Sosa de Newton. Abril de 2003.
  
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Plaza Defensa. Conferencia "Los Cafés Porteños"
Eleonora Noga Alberti (Músicologa) y Carlos Szwarcer. Agosto de 2003.

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Liliana Barela(Directora del Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires)
y Carlos Szwarcer en el Salón Dorado del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

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Frente del "Café Izmir": Arquitectas Vivian Balanovski y María Marta Lupano junto a Carlos Szwarcer. Grupo Promotor del Area de Protección Histórica de Villa Crespo. Año 2004.

Siete Gatos

Por Carlos Szwarcer


La tormenta había pasado como una ráfaga pero fue tan violenta que esos escasos minutos parecieron el mismísimo diluvio universal. El agua en la esquina de Camargo y Serrano llegaba a un metro de altura y otra vez se había formado un auténtico lago artificial. Desde antaño esa zona, entre otras, de Villa Crespo (1) soportaba el desborde frecuente del Maldonado. (2)

Para colmo de males ese jueves se cumplían tres días sin que se supiera nada de Jaim. "¿Qué le habrá pasado. A ke najamú va a vinir?" (3), pensaba en voz alta Luna, su esposa. El hombre, que hacía tiempo no tenía trabajo fijo, se había ido una vez más al puerto para conseguir alguna changa (4) como estibador. Evitó hacer hasta el más mínimo ruido para que ninguno de sus cuatro hijos se despertara. Diestro en el sigilo, antes de levantarse, le murmuró al oído a su mujer: "Lunika vo a probar suerte..."

- En bonora (5) - le había respondido ella, en un tono tan ambiguo que no se sabía si escondía incredulidad o esperanza.

Aquel día, Jaim se dirigió a tientas hasta la palangana enlozada que yacía arrinconada en la esquina sur de la única habitación familiar, hundió los dedos para humedecerse apenas los párpados y despegarse las nocturnas lagañas acumuladas. En esa penumbra se había vestido y antes del amanecer se había marchado, en absoluto silencio, como siempre, detrás de su suerte.

"No tengo de que preocuparme", mascullaba Luna; después de todo su esposo un mes atrás se demoró cuatro días en regresar. Casi dos jornadas había deambulado hasta conseguir trabajo, en las dieciocho horas siguientes consiguió algunos pesos bajando fatigosamente fardos de un buque llegado de Montevideo, vía Bordeaux, y el cuarto día lo utilizó para gastarse en el Café la mitad de lo ganado. El rakí (6) y las bailarinas, contorneándose al son de chiftetellis y kalamantianos (7), eran su debilidad, como para otros izmirlíes. Bojor, su hijo mayor, más de una vez tuvo que ir buscarlo y llevárselo "preto candil" (8) al inquilinato.

"¿Habrá pasado anoche por el Café?", se preguntaba Luna mientras escuchaba caer la lluvia sobre el techo de chapa. Desalentada permaneció un largo rato con los ojos alertas clavados en los visillos de crochet que colgaban en la puerta de entrada de la habitación. Su ansiedad crecía a medida que pasaban las horas. No tenían siquiera un céntimo para comer. Le daba vergüenza pedirle dinero prestado, una vez más, a su vecina Victoria, la istambulí (9) del cuarto de al lado. Se calzó las chancletas, se abrochó el batón floreado y dando un largo bostezo acomodó la frazada sobre sus hijas Esther y Raquel que estaban a medio destapar; hizo un metro más y miró el colchón sobre las baldosas en el que dormían sus dos hijos varones. Davico, tenía un hilo de baba que mojaba la almohada, roncaba boca abajo con su antebrazo apoyado sobre la frente del infortunado Bojor que, recién despierto, observaba a su madre con los ojos entreabiertos y una mueca de ligera resignación.

Luna no había despertado a sus hiyicos (10) para ir al colegio, qué sentido tenía. Dora, la vecina del cuarto de adelante, le había avisado temprano que con el aguacero la calle Camargo parecía Venecia. A las diez y media de la mañana el cielo gris comenzó a aclarar y por lo menos las veredas se dejaban transitar, entonces terminó de despabilar a Bojor y lo mandó a ver si su padre estaba en el Café, suponía que se había demorado una vez más allí. No obstante, le recomendó que de no encontrarlo en el "Izmir" recorriera otros cien metros sobre la calle Gurruchaga, hasta el mercadito "San Bernardo" : "Vate de Abraham", le dijo. " A ver si te da hígado para el gato". El muchacho no tardó en convencer a su hermano menor para que lo acompañara.

El agua ya había bajado de las veredas dejando las baldosas cubiertas por decenas de bolitas desprendidas de los plátanos y que deshechas alfombraban de verde musgo la cuadra.

- Por aquí no estuvo tu padre – les respondió ásperamente uno de los mozos del Café Izmir.

Los dos jóvenes se miraron inexpresivos, levantaron los hombros unos instantes y continuaron con el plan delineado por su madre; siguieron camino hasta la mitad de la siguiente cuadra donde estaba el mercadito. A Davico, desde muy pequeño, le atrajo el ajetreo de la pollería, cada vez que pasaba observaba extasiado el puesto maloliente como si gozara de una película de suspenso sentado en una destartalada butaca del viejo cine Rívoli (11), esta vez no fue la excepción. Se detuvo allí, obnubilado, justo en el momento que degollaban un pollo. El ruidoso cacareo de las gallinas le sonaba a canturreo luctuoso de un coro que redondeaba un ritual que lo excitaba; disfrutó de la "ceremonia macabra" hasta que Bojor lo sacó del trance estirándole el cuello de la camisa con el dedo índice y se lo llevó a los empujones unos metros hasta que se chocaron con la mesada de mármol del carnicero.

- Hola Don Abraham – lo saludó Bojor.

Restregándose las manos y tomando inmediatamente el cuchillo recién afilado preguntó el carnicero: "¿Ke vinites a bushkar?", aunque intuyó que la compra no sería importante y que tendría que tener alguna actitud piadosa.

- Y... mire... , mi mamá dice que si me puede dar un pedazo de hígado... para el gato. – le rogó el hermano mayor, con cara de angelito inocente.

- Ah ... hígado para el gato... A ver... cuantos gatos son? – preguntó capciosamente el puestero.

- Somos... yo... mi hermano, mis hermanas... somos siete. – respondió Bojor rápido e ingenuamente, mientras se rascaba la cabeza y sonreía con cierto nerviosismo.

- Ah ... siete gatos – susurró Don Abraham de un modo tal que sus lánguidas palabras sonaron tan rumiadas como llegadas de un eco lejano.

El carnicero hizo un dilatado silencio, miró fijamente los ojos bien abiertos de los manzebikos (12) que esperaban ansiosos una respuesta que se hizo esperar demasiado. Cuando ya comenzaban a inquietarse, el matarife abrió lentamente la heladera y sacó un hígado grande, lo apoyó delicadamente en el mármol y volvió a levantar la vista encontrándose nuevamente con los cuatro ojos bien redondos, que esta vez lo miraban sin pestañear y con las cejas enarcadas. Apretó disimuladamente sus labios para ocultar un repentino sentimiento de compasión por los dos imberbes y comenzó a cercenar el hígado fresco, exactamente por la mitad. Pasaban por su cabeza una tras otras imágenes de un pasado que quería perder para siempre pero que, cada tanto, lo sobresaltaban, angustiándolo. Sabía muy bien qué sentían esos chicos. El mismo había sobrellevado tempranamente demasiadas necesidades en su vida y tuvo que pedir también para comer más de una vez. Recordó la guerra, la invasión griega de Esmirna. la Bahía de Izmir. El Karatash (13), las privaciones, el hambre...

- ¿Y... Don Abraham? - abruptamente lo devolvió al presente la pregunta de Bojor, que no alcanzaba a entender porqué el sefaradí se había quedado medio paralizado, con el hígado ya partido en dos y la vista perdida en algún punto lejano.

Con un imperceptible movimiento de cabeza, el carnicero volvió en sí, enderezó su espalda, colocó prolijamente en la bolsa uno de los pedazos de la víscera y con un brusco ademán se la alcanzó estirando su macizo brazo sobre el mostrador. "Toma y váte a tu casa", le dijo con gesto severo, evitando mostrar lástima o ternura. Enseguida resonó un apurado "¡Gracias Don Abraham!" de los hermanos que salían a pasos rápidos del mercado temiendo que el carnicero se arrepintiera. Ya en la calle, un mohín imperceptible y cómplice los unió y comentaron entusiasmados cómo saborearían las milanesas de hígado que les prepararía su madre, o tal vez en pedacitos saltado con cebolla. ¡Qué banquete!, imaginaron. Se les hizo agua la boca.

- ¿ Le dejaremos algo al gato? - preguntaba Davico riendo exageradamente.

Corrieron alegres hacia el conventillo saltando entre los charcos de la vereda. Subieron la escalera de a dos escalones y pasaron como un torbellino el primer patio. Dora, la vecina de adelante, les observaba atentamente los movimientos y con una áspera y carvernosa tos, evidentemente fingida, les advertía que no toleraría que rompiesen otra maceta de malvones.

Entraron a la pieza agitados. Bojor levantó la bolsa con el hígado, lo mostraba a su madre como un trofeo ganado con astucia y sacrificio. Pero algo raro pasaba; ella estaba parada al lado de la mesa, demasiado seria, con los brazos cruzados. Sus hermanas observaban sentadas, con aire de resignación a su padre estirado en la cama matrimonial, tumbado por el cansancio, durmiendo profundamente. Varios rollos de tela yacían arrumbados a un costado, contra la pared. Bojor y Davico supieron más tarde que era el fruto final de la ganancia en la dársena, que cuando su progenitor volvía a la casa lo sorprendió el chaparrón, justo a dos metros de la entrada de "El Baratillo Misterioso", la casa de compraventa. El dueño del famoso comercio, en el que se hacían los negocios más variados, lo había convencido para que se llevara un lote de saldo de telas, asegurándole que le haría una muy buena diferencia. Jaim llegó con "el bogo" (14) a su casa y sin un centavo, jurando que vendería los paños de algodón "sin falta, mañana".

Ese día la familia comió hígado saltado con cebolla y arroz a la turca, de almuerzo y cena, incluso "kimaklí", el gato. Por la noche Jaim todavía trataba de convencer a Luna de que a partir del día siguiente su vida cambiaría.

- ¿Adió Lunika ke es ese musho? (15)

Luna permaneció en silencio, molesta. Le había recriminado a su esposo que en vez de llevar el dinero a su casa le llenara de telas baratas la habitación. El se sentía en falta y nunca soportó demasiado verla enojada; decidió esperar prudentemente unos instantes a que Luna soltara alguna palabra, algún gesto de aprobación. Estuvo un par de minutos mirándole fijamente la nuca, resoplando de tanto en tanto, como reclamándole benevolencia, pero ella seguía muy seria mirando la pared.

- Lunika vo a probar suerte! - insistió Jaim

- Ke Dió mos guadre...(16) - le contestó ella, con un tono que sólo denotaba escepticismo al tiempo que meneaba la cabeza como el péndulo de un reloj.

- El Dió es tadrozo ma no olvidozo... kirida. (17) - sentenció Jaim, procurando convencerla de que pronto vendrían días de "leche y miel"

Sabiendo que su esposo insistía con cara de carnero degollado, y que no la dejaría en paz hasta recibir una palabra de aliento, dio vuelta la cara y le dijo: "Esta bien, desha esa cara de simbil (18) y... Kolai liviano ke se te haga!" (19)

Jaim no alcanzó a sonreír cuando se escucharon gritos en el patio. Luna salió a calmar a su hija Esther que lloraba desaforadamente por el golpe de balero (20) que su hermano Davico le había pegado justo en el medio de la frente, sin querer.

- ¡Garón de Kampana! (21) – le gritaba Davico a Esther.

- ¡Gameo grande! (22) - le aulló su madre. -¡Mira como deyaste a tu hermana!... ¿Ke le hizites? – agregó, abrazando a Esther que sollozaba.

El hijo mayor observaba aturdido la escena y decidió no intervenir. Entró al cuarto para ayudar al padre a terminar de ordenar los rollos de tela en un rincón pero enseguida se escuchó: "¡El güerco me iervara a mí! (23) Jaim ven aquí, es que no escuchas que tus hiyos se están sacando los oyos!" (24), rogó con desesperación. El hombre dejó el rollo de tela que estaba acomodando y mientras salía al patio refunfuñaba: " Amán, Amán, esto kere el Dió ... Patrón del mundo... (25) Hiyos criar...fierro mashcar." (26)

Bojor se quedó en el cuarto y para evadirse de la discusión entre sus padres y del barullo del patio sacó de su rotoso portafolio de cuero gastado su libro de cabecera, en realidad era el único que tenía, un obsequio de su tía Violeta, que se lo había comprado a un cuentenik (27) a precio regalado, porque le faltaban como diez páginas: "El Martín Fierro"(28), lo comenzó a leer por enésima vez. Cada vez que se reñía en la familia lo abría en la misma parte: "los hermanos sean unidos... porque si entre hermanos se pelean los devoran los de ajuera (29)", cuando imprevistamente entró Davico corriendo como una tromba y detrás su padre con el cinturón en la mano. Uno de los dos pisó la palangana y el agua saltó mojando a Luna que entraba implorándole al marido "...dale un shusto...no lo ajarves...!(30)

Apenas encontró un hueco entre el atolladero, Bojor salió al patio con el libro en la mano. Allí todavía lloraba Esther consolada por su hermana Raquel.

Se acercó inquieto Don León, el vecino: "¿Amán... (31) Bojor, qué son estos gritos?".

El muchacho levantó la cabeza y antes de contestarle miró el cielo estrellado, recordó la tormenta con la que comenzó ese largo día, el paso por el Café Izmir, la excursión al mercadito San Bernardo para mendigar el pedazo de hígado, su padre volviendo con los bolsillos vacíos y un remanente de telas pasadas de moda. Después de ese repaso tortuoso y veloz, sacó la vista de la luna plateada y menguante en la que se había detenido y atinó a responderle al vecino: "Está todo bien Don León no se preocupe... nada nuevo... vaya tranquilo.", y haciendo una pausa le agregó una expresión de deseo, que en medio del tremendo alboroto era difícil de creer: "¡...Nochada buena!"(32)

Davico pasó entre León y Bojor corriendo, con las mejillas coloradas, lo seguía pesadamente su padre, resoplando y revoleando el cinturón. En la persecución el adolescente alocado se llevó por delante la maceta de malvones de Doña Dora.

Bojor ahogó un gritó pero se le escapó a media voz: "¡¡¡ Noooo...Davico, otra vez la maceta, no!!!"

Lentamente y haciendo creer que no vio nada, Don León se fue camino a su pieza en puntas de pie exclamando al viento: "¡Sí... nochada buena!" Sabía que lo mejor era, sin la menor duda, que su esposa Dora se enterara recién por la mañana lo de la maceta rota, cuando eso ocurriera él ya estaría bien lejos, en su trabajo, lidiando con los metales en los Talleres Máspero. Mejor era no oír a su muyer kafrar (33) cuando le tocaban sus plantikas. (34)

Una hora después, cuando todo había vuelto a la "normalidad", Luna se acercó a tapar a sus hiyos. Davico dormía boca abajo, tenía ardiendo las nalgas de las dos veces que lo alcanzó la hebilla del grueso cinturón de cuero de su padre. A su lado Bojor, que fingía estar dormido, apretaba sobre su pecho el Martín Fierro, su madre se lo sacó despacio y lo dejó sobre la mesa. El libro estaba abierto en la página sesenta y ocho en la que una estrofa, marcada alguna vez con lápiz por su hijo, sobresalía de las demás: "... Y recuerde cada cual / lo que cada cual sufrió / que lo que es, amigo mío yo / hago ansí (35) la cuenta mía: ya lo pasado pasó, / mañana será otro día."

Luna se acostó al lado de su marido que quebraba el silencio del cuarto roncando como un volcán en plena erupción. Todos dormían menos ella, creyó. Había sido una movida y embarazosa jornada. En la soledad de su vigilia dio un agudo y esforzado golpe de vista al cuarto, a las inmóviles siluetas recortadas que apenas se dejaban ver en el espacio semi oscuro: Jaim, otra vez en casa; en la cama chica sus dos hiyas y en el colchón del piso sus dos hiyos. Kimaklí, el gato, dormía enroscado arriba de un rollo de tela rayada. Estaban los siete, habían cenado. ¿Podía pedir algo más?. Se puso de costado, apretó sus manos entrelazando los dedos y antes de cerrar los ojos, para darse ánimo, recordó aquel viejo dicho: "El Dió manda helada asigún la muntanya." (36) Respiró profundo, cerró los ojos y justo antes de ser vencida por el sueño escuchó la media voz casi secreta de Bojor que, despidiéndose del insomnio, le decía: "!Má... Nochada buena."

– Nochada buena hiyico... Nochada buena, le respondió con ternura y se durmieron.


Notas:

1) Barrio de la ciudad de Buenos Aires con gran concentración de judíos
2) Arroyo que cruza la ciudad de Bs. As. A principios de la década del 30 aún no estaba entubado.
3) Cuándo vendrá. Tarde o nunca.
4) Trabajo temporario.
5) Con buena suerte
6) Anís
7) Músicas rítmicas, turca y griega, frecuentes en el Imperio Otomano.
8) Borracho.
9) Judía sefaradí nacida en Istambul (Estambul)
10) Hijos.
11) Cine del barrio, cercano al sector judeo-español.
12) Jóvenes.
13) Barrio judío de la ciudad de Izmir (Esmirna)
14) Atado. Fardo.
15) Labios, boca. En este caso la expresión es "mala cara" o "enojada".
16) Que Dios nos ayude, nos guarde.
17) Dios puede llegar tarde pero nuca olvida.
18) Deja esa cara de trasero.
19) Que sea fácil el comienzo de una acción, en este caso el trabajo.
20) Juego que consiste en insertar un palillo en el único agujero de una bola de madera
21) Que habla alto o grita, como campana que suena fuerte.
22) Camello. Se dice del torpe que hace cosas de chicos, o del ignorante.
23) Que me lleve el Diablo.
24) Tus hijos se están peleando. Sacando los ojos.
25) Expresión para los malos momentos, invocando a Dios, el dueño del mundo.
26) Criar hijos es tan difícil como mascar hierro.
27) Vendedor ambulante que da crédito. Vende en cuotas.
28) Libro tradicional argentino escrito por José Hernández en el siglo XIX. Obra que en versos describe las vicisitudes del gaucho argentino.
29) Afuera.
30) Asústalo, no lo dañes.
31) Término que indica desconcierto, asombro ante algo inesperado.
32) Que se tenga buena noche. Aquí expresa un buen dormir, sin sobresaltos.
33) Mujer que protesta, enojada.
34) Plantas
35) Así.
36) Dicho que revela un Dios que envía pruebas y pesares pero acordes a quienes están preparados para recibirlas y sacar sabiduría de las mismas.


Carlos Szwarcer
Publicado en "Los Muestros" Nº 57. Diciembre de 2004. Bruselas. Bélgica.

miércoles, 13 de octubre de 2004

OTROS TIEMPOS - una reflexión sobre el futuro -

por Carlos Szwarcer


Al cumplirse dos años del primer número de la revista del CECAO no puedo menos que observar con gran satisfacción el crecimiento de este proyecto de difusión cultural que sabemos se hace muy cuesta arriba en un país como el nuestro, con grandes dificultades. Sostener los sueños con perseverancia, aun frente a todos los escollos que aparecen en el camino, es una manera de creer en un mañana mejor. Felicitaciones.
A propósito de aniversarios suelen surgir inevitables reflexiones sobre el tiempo transcurrido. Recuerdo que nuestro profesor de Filosofía Antigua nos preguntó en la primera clase, sin ningún tipo de anestesia: “¿qué es el tiempo?” Nos quedamos todos como si nos hubieran pegado un cross a la mandíbula. El sabía muy bien que nos tenía que movilizar las neuronas si pretendíamos comenzar a entender, por lo menos algo, a Platón o Aristóteles. Abordar el concepto de tiempo no es solamente tarea de físicos, matemáticos o historiadores. La vida misma está impregnada por la dimensión temporal y a la vuelta de cualquier esquina nos podemos tropezar con alguien que con unas pocas palabras y sentido común, nos ubique frente a la puerta misma que lleva a una interpretación ciertamente entendible sobre el significado del tiempo y, más todavía, que nos ayude a vislumbrar un poco el sentido de la vida.
Hace exactamente 20 años tuve que viajar a Córdoba Capital para asistir a un Congreso y en una de las visitas al centro de la ciudad, en un encuentro con un comerciante japonés, tuve la posibilidad de cambiar opiniones sobre China, Japón y nuestro país. Llegamos a un punto en el cual surgió una enriquecedora disquisición sobre la idiosincrasia de cada pueblo y la relación del ser humano con ...el tiempo. Este hombre sumamente agradable me iluminó con un antiguo adagio oriental: un sabio anciano regaba día tras día un retoño y sistemáticamente unos jóvenes se mofaban espetándole, maliciosamente, que era vana su acción, le insistían insultándolo una y otra vez: “¡Viejo imbécil, no verás jamás el retoño convertido en frondoso árbol!”. El honorable geronte proféticamente les respondió: “¡Es verdad, tal vez no viva para ver el árbol crecido, pero qué hermosa sombra les dará un día a mis nietos!”.
Aquella conversación casual me dejaría una gran enseñanza. Pensar y vivir en términos compatibles con la honradez, la integridad o la justicia es dejarle a nuestra descendencia, a las nuevas generaciones, un humilde pero firme legado, es una buena dirección hacia donde dirigir nuestros desvelos.
La historia muestra que cada presente tiene una gran complejidad y se le asigna al mismo una carga negativa por su ligazón a las manifestaciones de pobreza, desidia, impunidad o injusticia. Así ocurre con nuestra actualidad. Por ejemplo, recientemente, se cerró un ciclo inexplicable: a diez años del atentado a la AMIA no hay culpables entre rejas, como si nadie hubiera sido responsable de aquellas muertes. Están en auge los secuestros, el reparto de planes Jefes y Jefas de Familia, los piquetes, etc., etc., y ni que hablar de la problemática internacional; como otras tantas cosas son parte de nuestra realidad. ¿Podremos comenzar a marchar hacia un mañana distinto? Aldous Huxley dijo que “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió de las lecciones de la historia”, prefiero pensar que - no obstante las críticas que siempre le hará el hombre al presente que vive - hay otro mundo posible. El futuro puede sentirse como una inmensidad en penumbras, porque la fuerza del tiempo nos arroja el porvenir como incertidumbre pero, según se mire, puede ser también esperanza. Por lo menos yo me quedo con esta última idea y con la imagen del futuro como un faro que destella en la oscuridad.

Carlos Szwarcer
Publicado en Revista de Estudios Culturales del CECAO. Año II. Nº 24. Octubre de 2004. Córdoba. Argentina